• Jorge Alfonso Sierra Quintero

Augurios de amanecer

Por: Jorge Alfonso Sierra Q.


Cuando apenas despuntaba el alba con la promesa de un nuevo día, Ruth María solía levantarse a preparar el desayuno con el que daría la primera alimentación para sus numerosos hijos. Ruth María era mi madre a quien yo entonces de cuatro o cinco años, veía con su sonrisa abierta y clara, hermosa, con una pañoleta de colores que junto a unas inmensas candongas que reemplazaban sus aretes, adornaban su rostro y le daban un aire de gitana despreocupada y alegre.


Antes de salir de su cuarto, sentada en el borde de su cama y con el rosario en la mano, mi madre ya había encomendado a toda su familia a Dios, para que el día fuera una perenne y jubilosa celebración para nosotros.


Al entrar en la cocina lo primero que hacía Ruth María era poner en su radio – que ya no era el “Phillips de cuatro bandas” con el que mi padre la había hecho tan feliz cuando se lo regaló – el programa que la acompañaría toda la mañana: “Amanecer mexicano”.


La vida transcurría en el pueblo de Aguachica, en Colombia, y era entonces para mí un esperar a que se levantaran mis otros hermanos para correr a un patio lleno de árboles frutales que colindaba atrás con un monte enmarañado e inmenso, donde nos metíamos a jugar a los vaqueros, a cazar “caballitos del diablo” para asirlos con un hilo de su cola y controlarlos mientras ellos trataban de volar y escaparse. Eran nuestros “aviones” sin control remoto.


Pero mi felicidad mayor estribaba en anhelar que en la radio sucediera un milagro. Yo, expectante y niño, veía a mi madre seguir entonando con felicidad suprema cada canción ranchera que en la emisora ponían. La observaba que al tiempo que convertía en olorosas “arepas” la masa de maíz que con tanto amor sus manos manipulaban, cerraba sus ojos y acentuaba con “Cuco” Sánchez: “Háblenme montes y valles, grítenme piedras del campo, cuando habían visto en la vida, querer como estoy queriendo, llorar, como estoy llorando, morir, como estoy muriendo”.




De pronto, su emoción aminoraba. Mi madre acompañaba quedito: “Por la lejana montaña, va cabalgando un jinete, vaga solito en el mundo y va deseando la muerte”.


Luego volvía a conmocionarse. Del aparato radiofónico salía la voz de José Alfredo Jiménez:

“Es inútil dejar de quererte, ya no puedo vivir sin tu amor, no me digas que voy a perderte, no me quieras matar corazón”.





México empezó a meterse en mi alma y ya no hubo forma de desprenderme de tanta felicidad y dolor que, como la vida misma, traían sus embriagantes canciones.


Todo se iba conjugando. Mientras la turbación me asaltaba por aquellas melodías cuyas letras emocionaban tanto a mi madre, yo sentía como si una bala perdida me llegara directo al centro del corazón. No sabía entonces lo que la vida con creces luego habría de mostrarme. Que no es tanto la felicidad que el amor nos trae cuando nos precipitamos por el despeñadero del enamoramiento, sino ese desvalimiento en que quedamos cuando dejamos de ser correspondidos.


Pero había una canción que esperaba con frenesí inusitado que sonara en aquellos luminosos amaneceres junto a mi madre que ahora recuerdo envuelto en la maraña de la nostalgia. Aún hoy en día, no sé precisar que fue lo que me atrapó de una vez y para siempre de esa melodía que, al escucharla, me llenaba – y me llena - de una felicidad inaudita. Sentía que mi pecho hervía de emoción. Nadie lo supo, pero entonces era tan feliz, que cuando la escuchaba, transcurría el día caminando montado en nubes de algodón y percibiendo que yo quería a todo el mundo y que todo el mundo me quería a mí.


La canción era “Tu enamorado”, y la interpretaba Pedro Infante.


Apenas irrumpían los violines en su introducción, seguidos de aquellas trompetas tan mexicanas y luego la voz acariciante y tierna del charro azteca, mi niño corazón caía en un arrobamiento que ni entonces ni ahora he podido descifrar.


“Ya llegó tu enamorado, al que nunca correspondes, ya llegó hasta la ventana desde donde tú lo escuchas, pero donde tú te escondes. Ya no se ni qué decirte, ya no tengo que cantarte, yo quisiera maldecirte, pero ya estoy convencido, que nací para adorarte”.





Esa dulce entonación del cantante, ese dolor que emana de su voz por el amor que no le es recíproco, me hacía predecir en mis más recónditas emociones, lo que iría a sufrir cuando me abrazara el amor. Tanta lírica en esa letra me envolvió como una eternidad. Jamás ha habido una poesía que me conmueva como la que contiene esa melodía.


“Ayayayay yayayay la suerte me está fallando, ayayayay corazón, la vida me estás cambiando”, era el lamento doloroso metido como una espina en la mitad de la tonada.


“Ya llegó tu enamorado, el que te interrumpe el sueño, ese pobre desgraciado que anda siempre desvelado, porque quiere ser tu dueño. Alguien me contó tu vida, supe de tus ilusiones, yo no sé si me equivoque, pero casi estoy seguro, que te gustan mis canciones”


Aprendí desde allí que hay que llorar por dentro cuando se tiene la certeza de que es vana ilusión pretender apropiarse de un amor, que la única roca salvadora en esos instantes, es crear ilusiones inciertas como esa de soñar que algo de uno le guste a la que con tanto desdén nos ignora.


“Ya se va tu enamorado, ya se va de tu ventana, ya ni debo despedirme porque sé que, aunque no quiera, voy a regresar mañana”, era el ramalazo absoluto enseñando que, en cuestiones de amores apasionados, el corazón es una barca a la deriva sin forma de guiarlo.


Y cuando esa sublime canción finalizaba con la promesa inconcebible de “Mientras la pasión me dure, y tu voluntad me aguante, no habrá noche de tu vida que no vengan mis mariachis y mi voz a despertarte”, yo me quedaba con la convicción imperiosa de que no hay mayor dolor en la vida, ni verdad tan cierta, que sentir desbarrancarse muchas veces el corazón nuestro por el amor contrariado de una mujer.


La radio seguía poniendo más y más rancheras y mi madre todas se las sabía. Pero si sonaba “Tu enamorado” ni me daba cuenta, de tan extraviada que ya andaba mi existencia.


Eso era en verdad una intuición a mis 4 o 5 años.


Hoy es una certeza que mi pecho trata de esquivar enamorando a esa mujer que me sonríe en cada amanecer cuando despierto.


Y en cada madrugada el recuerdo de mi madre en la penumbra, su voz entonando aquellas últimas frases que me siguen conmoviendo, ““Ayayayay yayayay la suerte me está fallando, Ayayayayay corazón, la vida me estás cambiando. Ya se va tu enamorado…..”


Guadalajara, jalisco, Febrero /2019