• Jorge Alfonso Sierra Quintero

Con las cartas marcadas

Por: Jorge Alfonso Sierra Q.


Humberto era uno de mis compañeros de juegos en el Barrio La Ceiba, en Barranquilla, con una diferencia: también asistíamos al mismo colegio y salón, en el segundo grado de primaria. Tenía un solo hermano, menor que él, a quien llamaban “Toto”.


Humberto era de más edad que el promedio de la clase, brusco en los juegos individuales y propenso a la violencia. Conmigo evitó siempre agredirme pues le temía a mi hermano mayor Oscar, quien lo atemorizaba.


Salvo esos detalles, Humberto era uno más de todos nosotros. Jugaba algo bien el fútbol, divertido con los cuentos que traía en las noches a la esquina donde nos reuníamos y hasta admirador, como la mayoría, del luchador mexicano “El Santo”.


Por ello, amaba meterse al ring que con cuerdas rudimentarias y arena que todos trajimos de la calle, mis hermanos mayores habían construido en el patio de nuestra casa.


También recuerdo que a él le gustaba la misma muchachita que a mí, y yo sentía que ella tenía miradas más arrobadoras hacia él. Pero nunca llegué a resentirme por eso, pues jamás se pudo dilucidar si mis presentimientos eran reales o no.


Sabíamos que sus padres se habían separado, por lo que vivía con unas tías, su madre y el dueño de la casa, un tío alto, gordo, algo jorobado, quien trabajaba en el terminal marítimo como estibador y al que apodábamos el “Boga”.


Su padre venía algunas veces a visitarlos, pero siempre llegaba borracho. Nunca lo vimos sobrio, ni sin sus lentes “rayban” oscuros.



Un día Humberto y el “Toto” nos dijeron que ya no estudiarían más. Su madre y tías los habían convencido de que hacerlo no valía la pena. Que lo mejor era vincularse como cantineros en cualquiera de los bares que pululaban en el barrio, como “La Charanga”, “El Stop” o “La Gardenia azul”. Aun a esa edad, sentimos pena por ellos. No era una aspiración que presagiara buenos augurios.


La casa en que vivía Humberto se situaba casi al frente de la nuestra y tenía como particularidad el que su puerta principal permanecía cerrada y todos sus habitantes ingresaban por un portón, que tenía un acceso de zinc destartalado.


Poseía una ventanita pequeña, que solo era abierta por las tardes por el “Boga”, quien se asomaba recostado en la misma con su figura enorme, de la que emergían su cara y sus brazos. Allí permanecía el “Boga” horas y horas, viendo hacia la calle, sin hablar con nadie. Nunca supimos si estaba sentado o de pie.


Nuestra familia – gran decisión – determinó que nos mudaríamos de aquel barrio. Atrás quedaron las acechanzas de un mundo de licor, drogas, prostíbulos y muerte. Entonces yo no volví a verme con Humberto ni con todos los demás compañeros del Barrio.


Pasados unos años, una noche regresé a ese sector con mi hermano mayor y decidimos entrar al bar “La Charanga”, el que habíamos visto cuando niños con una especie de fascinación y espanto.


Entonces observé a un hombre monumental, quien sobresalía por su altura de todos los que bailaban en la pista principal. Su estampa era la de un gladiador romano, mezcla de boxeo rudimentario y lucha sin reglas. Era Humberto. Fue él quien primero me reconoció y se acercó a saludarme.


Al hacerlo, noté que su cara estaba desfigurada por una especie de acné despiadado y su color era verde en unos lados y negro en otros. Deduje de inmediato que era producto de sus desórdenes con las drogas alucinógenas.


-“Qiubo pelaíto”, me dijo, enfatizando con ello que me veía como a un niño desvalido y torpe. Él se hallaba en situaciones muy complejas de entender por mí. Su voz era lúgubremente ronca y parecía salir, esforzada, de una caverna.


-“Qué has hecho Humberto”, le contesté entusiasta y su respuesta me desconcertó aún más.


-“Tengo pocos días de haber salido. Estaba pagando “municipio” por una “pinta” a la que “quebré”.


En lenguaje malevo eso significaba que había estado en la cárcel municipal de Barranquilla, cumpliendo una condena por haber asesinado a alguien.


No esperó a que le contestara. Se retiró y siguió con su particular forma de bailar en la mitad de la pista, señalando con sus dedos índices al vacío.


Apenas dos meses después de aquel encuentro fortuito, supe que lo habían asesinado en esas venganzas sin fin en que se convierten ciertos actos en el bajo mundo del hampa.


Yo prefiero hoy recordar a Humberto con su sonrisa franca de cuando éramos niños, hablando apasionado de la última película de vaqueros que habíamos ido a ver al Teatro “Bolívar”.


A veces pienso que Humberto nació con las cartas de la vida marcadas, y que él, ciego, desorientado, corrió desaforado por una pista en busca de unas metas, sin darse cuenta cuál era el final de la misma ni donde estaban los semáforos en rojo.


Quizás en otra familia, con su físico, él hubiese sido un triunfante deportista que habría llenado de orgullo a nuestro país por sus honores y medallas.


Guadalajara, jalisco, junio del 2020.