• Jorge Alfonso Sierra Quintero

Cuando yo regrese de la muerte

A celebrar con comida, música y tequila.

Por: Jorge Alfonso Sierra Q.


El golpe emocional más devastador de mi vida, me sucedió sin aún cumplir los 17 años. Fue la muerte sorpresiva de mi madre. Con aun una lejana percepción de lo que significaba morir, tan repentina partida me desconcertó totalmente y me sumió en una desolación que duró muchos años en sanarse.


Recuerdo que mi angustia mayor estribaba en que jamás volvería a ver a mí progenitora. Aquello me resultaba insólito y me producía una angustia indescriptible. No lograba percibir cómo sería el mundo desde entonces. Era enfrentarme a la nada, al vacío, a un espacio silente y desolado. Ese infinito vacante no tenía asidero y la ansiedad era insoportable.

Ahora entiendo que mucho de aquella incomprensión por un suceso que al final resulta lógico, deviene de nuestra cultura, de asumir la muerte de un ser querido como algo devastador e inadmisible.

Por eso mi admiración y regocijo cuando conocí la cultura mexicana y su relación con la muerte. Para ellos, hay un tiempo en el que el ser que ya murió, regresa, hace sentir su presencia en los deudos, permanece horas con ellos, come, toma agua o licor, fuma y luego retorna al más allá feliz y tranquilo de haber recibido de nuevo el cariño y afecto de sus familiares.

Si en aquel doloroso momento mi alma adolescente hubiese tenido esa comprensión de la muerte, seguro mi devastación y dolor se habrían atenuado.

En México, desde los días previos en que en el continente americano celebramos “El día de los muertos”, casas, centros comerciales, cementerios, escuelas, universidades, empresas, empiezan a adornarse con coloridos altares que contienen, además, fotos de quienes partieron al más allá en los 365 días precedentes, y allí pueden estar parientes, figuras reconocidas de la farándula, la política o la ciencia.

En las instituciones educativas y siempre con el ánimo de preservar en su más pura esencia esta singular festividad, es común que le dediquen días a realizar eventos donde se explica en detalle el origen y razón de la misma a todos los estudiantes.

Esos llamativos sagrarios son adornados con pan de muerto, agua, platos con comidas, flores de cambiantes colores, licor, cigarros y todo lo que le gustaba al difunto y no faltan- no podían faltar- los versos con que el mexicano se burla de la muerte, la celebra, la reta, la acoge.


En las empresas suelen realizarse concursos de versos en que cada cual rima con la partida definitiva del compañero que irremediablemente alguna vez vendrá.

Para quienes siempre concebimos la muerte en forma sacralizada y temerosa, no deja de resultarnos insólitas ciertas escenas en esta celebración. Y es que en los sacros cementerios se reúnen familias completas que, para celebrar al difunto, le llevan serenatas con mariachis, comida que también comparten entre ellos como si estuvieran en un día de campo, y el tequila. Todo consumido al lado o sobre la tumba del que ya no está, mientras el aire se impregna de una rara mezcla de recogimiento y regocijo.

Aunque la celebración es en todo el país, hay comunidades paradigmáticas, algunas habitadas por autóctonos descendientes de los pobladores originarios, quienes conservan idénticas sus tradiciones primarias.

He tenido la fortuna de visitar en estos días del 31 de octubre y 1 de noviembre a dos de las más reconocidas: San Gabriel Chilac, en la Sierra Negra del Estado de Puebla y Janitzio, en el Lago de Pátzcuaro, enclavado en el mítico Estado de Michoacán.

Janitzio es la isla más grande del lago de Pátzcuaro, a la que se accede en lancha desde la ciudad del mismo nombre del lago y es famosa porque allí se filmó la película mexicana "Maclovía", cinta del año 1948, que protagonizaron María Félix y Pedro Armendáriz.

Ya en la Isla sorprende ver en sus calles varios “baile de los viejitos”, un hermoso espectáculo casi siempre protagonizado por niños enfundados en disfraces con máscaras y un zapateo armonioso, sonoro y original. Con mucho comercio y comida de la diversa gastronomía mexicana, se espera la media noche para visitar el panteón, donde los habitantes se sientan alrededor de las tumbas de sus seres queridos, en una especie de callado ritual.

La enorme cantidad de visitantes, hace perder el respeto y la solemnidad que se percibe tiene para ellos ese evento. Hay que pisar muchas veces los sepulcros para poder abrirse paso entre la multitud, lo que sin duda rompe con las oraciones y los demás actos que los lugareños originarios realizan para sus muertos.

Por la hermosa vista que se obtiene de todo el lago de Pátzcuaro desde la parte más alta de esta comunidad o desde su “tirolesa”, es realmente imperdible el espectáculo que se da a la media noche del 31 de octubre. Una infinita cantidad de lanchas, titilando sus luces encendidas se exhiben, formando una visión a la que es difícil sustraerse de la admiración que provocan.

De San Gabriel Chilac guardo el mejor de los recuerdos. En su cementerio central me sorprendió observar el que las tumbas estaban englobadas en su perímetro por construcciones similares a casas de habitación. La razón es que cada familia oriunda de allí es propietaria ancestral de un espacio del terreno total, donde descansará eternamente toda su descendencia.

Viejos y niños fallecidos, comparten cada cual su área sobre la tierra. No hay bóvedas pues la sentencia cristiana “tierra eres y en tierra te convertirás”, tiene una connotación sacrosanta para sus moradores.

Una familia me invitó a comer juntos, algo que me resultó impactante al saberme estarlo haciendo por primera vez en mi vida sobre tumbas, pero la ternura con la que me atrajeron, impidió que siquiera la posibilidad del rechazo tuviera cabida en mí.

Entrados en confianza, me invitaron a tomar tequila y esperar la “media noche”, cuando llegan familiares fallecidos a visitarlos. “Hay que tenerles mucha agua”, me dijo serio el más anciano de la familia. “Es muy largo el viaje de donde vienen”, me acotó. “Regresan cansados”.

Al llegar la hora convenida quise saber cómo se enteraban del arribo de los muertos. “Ya lo verá”, me respondieron. Al rato, de repente, todos callaron. Agacharon mansamente sus cabezas, cerraron los ojos y como en un sagrado ritual, entrelazaron las manos. “¿Siente el frío?”, me dijo quien estaba a mi lado. “Son ellos que están llegando. Ya vinieron”. Yo sentí que el frío era el mismo de la noche, pero ¿cómo dudar de lo que estos afectuosos amigos me estaban diciendo? “Si, los siento”, les dije convencido. Y convencido me he quedado para siempre. Es verdad que los muertos retornan del más allá.

Cuando despuntó el amanecer, quise salir de una duda. “Oigan, si este cementerio es solo de Ustedes y nadie más pueden ser enterrado aquí, ¿qué pasa si yo en estos instantes me muero? ¿Qué hacen con mi cadáver?”.

“Ah no, si Usted se muere aquí no se lo van a comer los gavilanes ni los animales del monte porque ya Usted es “cuate” nuestro. Aquí mero lo enterramos, en nuestro espacio”.

“Aún más”, dijo otro. “No más que Usted se muera, pida antes que lo traigan aquí. Descansará feliz entre nosotros y en cada 31 de octubre, nos volverá a visitar. Por siempre”.

Desde entonces ya no me angustia donde me atrape la muerte. Todos mis familiares y amigos están enterados: Si cuando la parca me sorprenda no tienen dinero para enterrarme, no deben preocuparse. Que me lleven a San Gabriel Chilac, en el suroeste de Puebla.

Allá tengo mis “cuates” esperándome. Todos estarán pendientes en cada 31 de octubre y 1 de noviembre de mi vuelta del más allá. Me aguardarán con unos de los placeres que más disfruto – o disfruté- en esta vida: Tomar tequila, oír rancheras y conversar con los amigos.

Guadalajara, Jalisco, noviembre del 2019