• Jorge Alfonso Sierra Quintero

El tiempo de ahora que se va

Por: Jorge Alfonso Sierra Q.


A Cleo Rada y a todos mis amigos eternos que ella representa.


A medida que envejecemos, tenemos la sensación de que el tiempo, - ¡que vaina! - pasara más de prisa.


Recuerdo mi adolescencia en el barrio La Unión y en Cevillar de Barranquilla. De los 15 a los 19 años, por ejemplo. Los días eran tan lentos, sucedían tantas cosas en él, que daba la impresión que cada hora era una docena. Nos alcanzaba para ir al colegio de Las Nieves, salir al medio día y quedarnos con el “negro” Ospino y los demás compañeros de salón dos horas jugando “bola de trapo”, llegar a la casa, almorzar, hacer las tareas y todavía en las noches, nos encontrábamos en la esquina con los otros amigos del barrio: “El Gitano”, Alberto Arias, Marañón, “el mico” Pacho, Álvaro Ahumada, “El Flaco” Bolívar, a hablar de cualquier cosa, echarle piropos a las muchachas que pasaban, ponernos de acuerdo para el quinceañero o el grado al que iríamos el viernes, la ida a llevar línea que haríamos el sábado en la mañana, la verbena bailable por la noche, el partido con el equipo que tendríamos el domingo...y reírnos a carcajadas con los últimos cuentos que cualquiera traía. Eso en un día.


En un año pasaba la eternidad. Novias que llegaban, las que se iban, la que nos dijo que no, la que apenas alcanzó para darle un beso bajo la lluvia, el partido de fútbol con nuestro amado equipo “Unión Sport Junior” que perdimos en la final, el curso que pasamos, las borracheras con los primeros aguardientes que nos dimos con Jorge Meek, las verbenas bailables a las que asistimos con Cleo Rada, Ida Marañón, La Flaca Helena; la fiesta que armaba, cantando con su sola voz, sin instrumentos, Alí Sauda, y Emilio y yo haciéndole coros, los aguaceros en los que nos bañamos con el Migue, los paseos a los que fuimos, las trifulcas en las que estuvimos metidos, y el corazón, el corazón derretido por tantos dolores soportados y la risa juvenil del amigo que nos rescataba del naufragio.


Porque ahí estaba, en la mitad de todo, la amistad más pura y eterna que la vida nos da. La del olor a tierra porque aparecía ahí cuando llegaba la lluvia, la que siempre brilló contra el oscuro del cielo y de la noche, la que es cálida como el abrazo de una madre, la que nunca pensó en el mañana ni en la vejez porque todos nos sentíamos a prueba de balas.


Esa amistad sin condiciones cuando no tenemos deudas ni ansiedades por el dinero, cuando compartimos la gaseosa o el refresco en el mismo vaso, el pedazo de pan y la mitad del cigarrillo, la corbata sacada subrepticiamente de la casa para que nos puedan acompañar a la fiesta el amigo que se va escondido con nosotros, el abrazo que damos y recibimos como si la vida fuera eterna, el fumar escondidos, el compartir el secreto de la niña que nos dijo que si, que podíamos ser novios pero que sus padres no se enteraran, recibir las primeras clases de baile de la amiga de la que ya no podríamos ser novios nunca jamás.


Lento era el tiempo. Parecía que se detenía a esperarnos en cada esquina, en cada noche, para que degustáramos la vida, no importa si esta nos traía risa o llanto. Nos abrazaban las experiencias, nos marcaban las emociones. Se quedaban como fotos fijas los momentos, se desarrollaban películas a color en toda situación que vivíamos, para permanecer ahí guardadas para siempre. Y en cada mirada nuestra no había miedo, porque el tiempo nos alcanzaba para todo.


Era un milagro la vida. Cada amanecer nos hacía tocar el cielo, y cada vez que oíamos a cualquiera decir que nos amaba era como tener cientos de pájaros revoloteando dentro del pecho.


Pero el tiempo pasó y un amanecer descubrí que aquellos días eternos ya no estaban más. Que el poeta Andrés Romero, Alberto Arias y Héctor Lafont se desaparecieron y se expandieron en la nada.


Ayer, por ejemplo, sufrí con la noticia de que había muerto Celia Cruz; pero hoy me enteré que no fue ayer, que eso sucedió hace 12 años. ¡Dios! 12 años ya…Y en todo ese tiempo, solo recuerdo mis ansiedades por pagar la deuda de la casa, la del carro, conseguir para el mercado, pagar la matrícula de mi hijo, conseguir para sus libros. Esperar cada quincena o el fin de mes para recibir un sueldo que nunca alcanza para nada. Añorar el medio año para que me paguen el aguinaldo o la prima.


No tengo memoria de fiestas con amigos, de salir cantando con ellos por las calles en plena borrachera como lo hacía con “el cachaco” Octavio Hennesy y con Daniel Avilés en las calles de Cartagena; la playa y el mar se difuminaron; las vacaciones de medio año, las risas y los bailes de diciembre, los carnavales, no sé cuando llegan ni cuando se van. Pasan como la brisa que no percibimos. Son nubes viajeras que ni siquiera vemos surcando el cielo.


Nostálgico, triste, apesadumbrado, solo me queda escuchar como canción el poema inmortal que compuso el malogrado Freddy Molina: “Cuanto deseo, porque perdure mi vida, que se repitan felices tiempos vividos, el primer trago escondido, la primera novia en olvido, ya mi juventud declina, al compás de tiempos idos……


https://www.youtube.com/watch?v=CpDQKtuFeXs



Guadalajara, Jalisco, Julio del 2015.