• Jorge Alfonso Sierra Quintero

Fotógrafos callejeros

Por: Jorge Alfonso Sierra Q.


Vivimos en una época maravillosa. Cosas, trabajos, acciones que antes nos costaban horas y horas de dispendiosa ejecución, hoy resultan fáciles realizarlas en ráfagas de segundo. Antaño, para anunciar una buena noticia o una calamidad familiar, se requería del “telegrama o marconi”, una especie de twitter del siglo XX en que en reducida sintaxis, debía manifestarse lo requerido: “Avísote mamá grave”. “Mañana viajo esa”.


El “marconi” llegaba a la casa destinataria en uno o dos días. Era para cuestiones urgentes. Su envoltura era en sobre color azul; y si venía en morado, seguro anunciaba muerte. Pero sí no existía premura para compartir la noticia, entonces se recurría al cartero. Ocho días mínimos demoraba una carta para llegar a su destinatario. Para aquello se procuraba tener letra manuscrita de impecable caligrafía, escribir con muchos detalles lo acaecido y regularmente no bastaba una página por ambos lados para poner en exactos antecedentes a la otra persona.



Atahualpa Yupanqui nos contó una vez en el “Teatro Colón” de Bogotá a las 300 personas que lo escuchábamos extasiados, que muchas de sus canciones le fueron narradas en cartas por coterráneos que no sabían escribir. “Recurrían a quien sí supiera y entonces comenzaban sus cartas diciendo, “le hago decir que su caballo se mató en un barranco. Fue de noche y el pobrecito no vio el precipicio. Quién sabe qué estrella estaba mirando….”.

Había mucho de literatura y poesía en aquellas cartas, no importa que fueran de la abuela, de la madre o el padre, piélagas también de advertencias y admoniciones. Pero un día llegó el teléfono, ahí pegadito el fax y sin darnos cuenta aparecieron de improviso el bendito whatapps, los mensajes de texto, el mail, el twitter y adiós narraciones extensas. Todo se volvió rápido, intrascendente. Se acabaron las palabras floridas y ahora casi nadie se preocupa de la ortografía. Bastan los impotables emoticones para manifestar un estado emocional.


Con la fotografía las cosas ya tienen visos de tragedia. Para mí, aclaro. Y sospecho que para otros amigos de mi edad les resultará igual. Ahora la gente toma decenas, cientos y hasta miles de fotos con su solo celular. Como ya no se mandan a “revelar”, entonces se toman y toman sin ninguna consideración. Fotos que al final nadie ve, ni el mismo que las tomó. O quizás sí: Los “selfis”, a ver cómo salieron ellos o ellas.


Aunque no niego que es maravilloso captar fotos y videos en forma tan fácil confieso, con cierto rubor, que nada de esto me hace gracia.


Pues esa rapidez ha arrasado con profesiones - seres humanos detrás de ellas - que olvidamos sin tener en cuenta el dolor que seguro los embargó al hallarse un día desprovistos del medio de sustento para ellos y su familia. Pero hay más en aquellas pérdidas: toda una época nuestra naufragada con miles de recuerdos dentro.


Yo siento nostalgia, por ejemplo, de los fotógrafos callejeros que pululaban en el centro de Barranquilla y hasta en las playas de “Pradomar”. Uno se los hallaba con unas camaritas pequeñas que podían caber en la palma de la mano, en el “Paseo de Bolívar” o en el nuevo “Edificio de Telecom”, dando vueltas en aquella fuente hermosa empotrada en todo su frente. Muchas veces caminábamos desprevenidos y como un fantasma, aparecía el fotógrafo que nos captaba en nuestra más íntima esencia. Los brazos adelante y atrás, los pasos cortos o en zancadas, el pelo al viento o el semblante adusto. Tomada la foto, nos perseguían entonces con un papelito-recibo en la mano para que fuéramos al otro día a cierta dirección a reclamarla. En ocasiones nos pedían dinero como abono. Otras confiaban en el buen destino y que al verlas, nos gustara la escena y la sacáramos. Solo así ganaban su salario.


Viendo esas fotos, puedo hoy revivir con inmensa alegría tantos momentos de mi vida adolescente que quedaron plasmadas por aquellos incógnitos artistas: la vez en que fuimos cuatro amigos a “La batalla de flores”, cuando nos podíamos meter en el desfile, con “balacas” y cadenas de cobre con leones al cuello como atuendo de disfraz; una vez caminando con el “poeta” Andrés Romero, mientras él me hablaba del barquito que partió una tarde del puerto de Magangué llevándose a la niña que amaba anegando desde entonces de tristeza su alma; abrazado con la novia aquella que tuve, sentados sonrientes los dos, en el jardincito de Telecom; con Jaime Arias, Jorge Meek y el Gitano, en “Pradomar”, deslizándose toda la felicidad del mundo sobre nuestros cuerpos recién salidos del mar; cuando íbamos a entrar por primera vez, “El gitano” Efraín Demetrio y yo, al bar “El galeón del pirata”, que estaba justo frente a Telecom. A nuestros escasos 16 añitos, era toda una osadía lo que íbamos a hacer. Yo era el invitado. No sé bien porqué decidimos tomarnos aquella foto. “El Gitano” se subió a la pequeña pared que separaba un jardín de ese edificio, yo me senté en la misma y él se puso de cuclillas. Empezó a fingir que me entregaba los billetes con los que pagaría lo que consumiéramos, y así quedó plasmado para nosotros aquel instante.


En aquel bar atendían prostitutas hermosas, olorosas a perfumes exóticos, que rápido descubrieron el rubor y la inocencia que albergaban nuestros rostros. No valieron nuestras ínfulas de presunción de mayores. Nos trataron con cariño, casi con devoción, y solo esperaron que a las tres cervezas, ya borrachos, nosotros mismos tomáramos la decisión de irnos de un sitio que no era para nuestras edades.


Pero hay una foto en especial por la que guardo una infinita ternura y amor, muestra de mi agradecimiento por aquellos fotógrafos callejeros que ya no están más. Es la que veo ahora con mis ojos anegados en llanto: la que le tomaron a mi madre ocho días antes de partir de este mundo.


Va con mi única hermana, “La Chichi” y por los gestos de su boca se percibe que algo conversan. Lleva un vestido morado con florecitas blancas y lentes de leer; su pelo hacia atrás y sus “candongas” inmensas que le daban aquel aspecto de imponencia que nunca perdió; mi hermana tiene el rostro adusto y coronan su cara unos lentes oscuros. Lleva una blusa de cuadros, jean azul y en su brazo derecho cuelga una mochila tipo arahuaca.


No logro ubicar en qué sitio de Barranquilla pudo ser tomada aquella foto. Pero hoy bendigo a ese fotógrafo oportuno que nos dejó este recuerdo perenne, esta imagen de nuestra madre tan idéntica a la que llevo en mis recuerdos.


Si no hubiese sido por él, jamás podría haber revivido para mí, para mis hijos y mi compañera, la imagen tan exacta como era ella antes de partir; puedo verla ahora en esta foto, casi caminando y renace mucho del amor que ella tan tiernamente me entregó en la vida.


Y para aquel fotógrafo incógnito, para todos los que lo fueron - y que tal vez también ya navegan en el infinito - elevo hoy las más amorosas jaculatorias para que Dios les tenga sus manos en sus hombros.


Aunque sigo adolorido porque sus camaritas pequeñas, sus figuras apareciendo de improviso, ya no volverán.


Guadalajara, Jalisco, Noviembre del 2016