• Jorge Alfonso Sierra Quintero

La culpa fue del primer beso

Por: Jorge Alfonso Sierra Q.


¿Cuántos de nosotros nos enamoramos por vez primera de la misma persona que nos dio el primer beso? ¿Fue ese inicial terremoto emocional un gran amor que jamás se olvida o tan solo el inicio del suceso “Amar”, el más conmovedor del ser humano? ¿A qué edad nos llegó ese impacto cuando nos rompieron el corazón y pensamos que seríamos uno - o una- más de los “Romeos o Julietas” del mundo? Yo he tratado de ubicarme recurriendo a mis propias experiencias, pero al final acepto que estas no son las más convincentes.


Cuando recién asomaba la adolescencia en mi vida y empezaba a tener conciencia del amor, comenzaron las dulces revelaciones que ilusionado despertaban en mí varias muchachitas del colegio o del barrio. Pero al mismo tiempo y con agria amargura, me tropecé contra una pared que no sabía distinguir de qué parte de mi interior emanaba: era una timidez galopante y perversa que me impedía las palabras, me amarraba las piernas, ponía nubes ante mis ojos para que bajara la mirada, me impulsaba a meter las manos escondiéndolas en mis bolsillos.



Debió ser por los 12 o 13 años. Estudiaba en un pueblo de Colombia, Aguachica, y un día amanecí con la certeza plena de que el amor me estaba esperando. Comencé a ver entonces los días llenos de gorriones y de luz. Observaba suspirando a una niña con piel de blancura de nácar, que no estudiaba conmigo ni vivía en mi barrio, y mis suspiros se los llevaba el viento. Era de pelo y ojos negros, delgadita, de mirar penetrante y con unos labios lúbricamente rojos, que yo apenas había visto en postales de estrellas de cine. A ella tan solo podía observarla con el corazón retumbando dentro de mí, cuando metido en un grupo de seis o más amigos que igual que yo andaban desorientados ante el anuncio de un despertar que desconocíamos – Cesar Díaz, Wilson Beltrán, Chus Galvis, Lupi Llaín, Jaime y Hernando Franco, Carlos Arturo Cruz – nos poníamos a dar vueltas en la plaza principal del pueblo, tan solo para encontrarnos cara a cara con un grupo de muchachas en el que también se mezclaba ella. Eran vueltas inocentes como las que da una calesita, que nada más pretendían un objetivo: ver a la que nos gustaba de frente, cruzar por unos fugaces segundos – o soñar que se cruzaban - su mirada con la nuestra, descubrir o imaginar que ella nos sonreía. En aquellos instantes sentía entrar en mí una bandada de pájaros heridos. A nadie se lo decía.


No elucubraba bien por qué, pero otra niña me despertaba en las noches con su recuerdo, o creía verla espiándome cuando jugaba fútbol. Esa estaba ahí, cerquita del banco del salón de clases. Me sonreía, me hablaba. Me miraba con dulzura. Todo eso creía yo pero, tristezas que trae la vida, nunca me atrevía a dar el paso que en mis soledades anhelaba.


El profesor de español, Luis Arévalo, nos hacía aprender un poema todos los días. Nos inducía a leer “La Vorágine”. Yo trataba de hallar entresijos de amor en aquellos versos inocentes que empezaba a recitar. “Tú no sabes amar. ¿Acaso intentas darme calor con tu mirada triste? El amor nada vale sin tormentas, sin tempestades el amor no existe”. O deliraba con ese inicio de la novela cumbre de José Eustasio Rivera. “Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”. Soñaba con decirle como el poeta Arturo Cova a una enamorada, ¿Cómo podría desampararte? ¡Huyamos! Toma mi suerte, pero dame el amor.” O recitarle aquella letra del bolero lejano, “Mira si es grande mi suerte, si he de morir por tus besos, si he de morir en tus brazos, dile que venga la muerte”.


Mi vida siguió en Barranquilla, y ya cumplidos los 14, los 15 y hasta los 16 años, era inaudito que no hubiese tenido una novia. Los amigos que iba conociendo ya podían presumir de dos o más a quienes habían amado. A mí solo me quedaba recurrir a la ensoñación. Leía versos que decían que los besos “sabían a almíbar” y que los labios de la mujer que se quería los daban “con sabor a gloria”. Joan Manuel Serrat me llenaba de intriga al cantar “tu nombre me sabe a hierba”. Y Bécquer me asestaba la estocada final al declarar exultante: “¡Por una mirada un mundo, por una sonrisa un cielo, por un beso…! Yo no sé qué te diera por un beso!” . ¡Dios santo! ¿Tanto así era un beso?


Me ilusionaba. Imaginaba – y hasta practicaba con mis brazos- cómo sería dar esos besos. El mundo se poblaba de niñas agraciadas, jovencitas de caminar embriagante y miradas endulzadoras pero a ninguna era capaz de acercarme. El primer beso seguía siendo un apetecido e inabarcable misterio.


Pero la vida siempre tiene para sus seres más desorientados tablas de salvación. La mía fue el baile. Un día descubrí, como se descubre todo en la juventud - simplemente lanzándonos a hacerlo - que si aprendía a bailar podría acercarme a una chica, abrazarla, sentir su respiración palpitando junto a mi pecho, y hasta que sus labios rozaran de vez en cuando mis mejillas. Todo sin que ella lo notara.


Mis amigos me ayudaron. Íbamos llenos de alegría a cuánto baile, verbena o celebración se presentara. Todos empezamos a notar que igual las muchachas que nos gustaban estaban muertas de miedo ante ese estremecimiento nuevo de sus corazones. Éramos tantos, y tantas ellas, que cada uno empezaba a escoger la que sería “su novia”. Cada invitación a la sala a bailar era una odisea, pues no sabíamos cuando le gustábamos a la que pretendíamos o cuando no. Quizás una sutil sonrisa en sus labios, un leve coqueteo en su mirar o en la inclinación de su rostro, podía darnos la clave. Pasaron muchos meses, años quizás, para entender un poco aquellas enigmáticas insinuaciones femeninas. ¿Les pasaría igual a ellas con nosotros?


Cuando casi me acercaba a mis 17 años, pudo por fin ceder el dique del miedo y de la duda. Guardé para mis adentros que esa primera novia no fue mi inicial amor. Y que el primer acercamiento de labios fue una decepción total, porque descubrí que en realidad los besos no eran “dulces” sino “simples”. ¿Qué había pasado con el “almíbar” de que hablaban los poetas?


Luego de aquel súbito e inesperado despertar a la pasión, largas horas pasé con los amigos tendidos sobre la hierba contándonos nuestras cuitas de amor. La que nos aceptó, de la que estábamos enamorados, la que nos tenía roto el corazón, aquella que creíamos nos amaba en silencio. Mucho soñábamos, algunas veces acertábamos, bastantes veces compartimos el sufrimiento y el llanto inocente.


Tendrían que pasar varios años para saber tres cosas imprescindibles para la existencia: que la dulzura del amor no está necesariamente en los besos sino que viene por otros senderos; que la vida es piélaga en emociones cuando no tenemos temores, espadas de desconfianza o preconceptos moralizantes y que amar, ser amado o desamado, son al final versiones de un mismo milagro.


Y es porque el amor, el eterno amor, siempre está ahí, latiendo, aunque no se sepa con cuánta frecuencia cambie de ojos… de manos…. de cuerpo.


Guadalajara, Jalisco, Junio del 2017.