• Jorge Alfonso Sierra Quintero

La mujer que me enseñó a leer y a escribir

A tantos otros maestros que en mi vida fueron.


Por: Jorge Alfonso Sierra Q.


Mi abuelita Roumalda era pequeñita y frágil como una pluma al viento y como Dios, parecía haber salido de la nada. Su figura contrastaba con su palabra recia, su voluntad férrea para acometer las acciones más inverosímiles o para lograr los objetivos más insólitos; su humor sabio y enseñante que fácilmente se confundía con la ofensa o la sátira y su profundo y tierno amor, me han alcanzado para llenar mi vida aún después de 40 años de su partida.


Mi abuelita era maestra de escuela y desandó por muchos años los caminos de pueblos y caseríos de la Colombia de mediados del siglo pasado. Enseñó las primeras letras a miles de campesinos para quienes no había otra forma de manifestarle su agradecimiento por su labor que llevándole pollos, huevos o simples mendrugos de pan, frutas o verduras. Estos amorosos obsequios paliaban un poco el mucho tiempo que debía pasar para que mi abuela recibiera la paga de un mes por parte del gobierno. Eran épocas de escasez y dificultades para todos.


Viene a mi memoria la mañana fría en que transportado en la parte trasera del camión de Cayano, mi tío José Vargas me dejó a un lado de la destapada carretera que atravesaba el caserío de “Santa Inés”. No recuerdo haber escuchado cantos de pájaros, ni el ulular del viento en aquella soledad en que me veía a mis escasos seis añitos. Era un pueblo de pocas casas y parecía vacío de gentes; se observaba todo gris y solo, como pudo haber visto Dios el mundo en sus comienzos.


De pronto vi aparecer como brotando de la tierra a mi hermana “La Chichi”, que sonriente venía a recogerme; ya ella estaba allí con mi otro hermano Oscar desde hacía varias semanas, conviviendo con mi abuela, y ese era un callado y rencoroso motivo que aquel niño que era yo, envidiaba de mis hermanos; cómo ellos disfrutaban del campo aquel, de las arepas que mi abuelita hacía en un anafre puesto sobre cuatro piedras en una casucha sin luz ni agua, del huevo frito todas las mañanas, de los plátanos maduros asados que ellos comían con leche al caer la tarde.


Pero ya estaba allí. Ya no había motivos para envidiar más. Ese fue el instante en que mi vida comenzó.


El sitio en que mi abuela enseñaba a los campesinos era en verdad un cobertizo de techo de palma, piso de barro, sin sillas y por pizarrón tenía una tabla rústica de color verde claro, que a duras penas mostraba lo que allí se escribía con tiza blanca. Ahí llegué yo por vez primera, y allí me senté en el piso de barro, recostado a los tablones que hacían de paredes.


No recuerdo bien el día exacto en que aprendí a leer y a escribir, pero sí traigo nítido en mi memoria las planas de caligrafía que mi abuela me ponía a hacer para embellecer mi letra, sus regaños cuando me salía del margen, las primeras lecturas que me hacía leer en voz alta –¡ ay de mí si no entonaba bien o no hacía las pausas debidas ante cada signo!- ó las moralejas que debía deducir en cada lectura, por ejemplo la de “ El campesino y su burro”.


Bella maestra era mi abuela Roumalda. Drástica y exigente, aún la recuerdan con ternura los niños de entonces, viejos hoy y ya casi en la senectud de la vida.


Ahora que estoy aquí, mirando por la ventana un día lluvioso y frío en Guadalajara, Jalisco, realmente tengo mis emociones en aquellos días hermosos y felices de “Santa Inés”, cuando en una tarde de clases le escuché explicar a mi abuela que las plantas se llamaban así porque “jamás se movían, estaban plantadas”.


Rompo el timón de mis recuerdos que van a la deriva para tratar de volver a este momento, a estos días en que ya no hay campos como aquellos, en que los niños y jóvenes aprenden a leer y leen en computadoras, y solo ven las vacas, los caballos, los pájaros, por videos o fotos sin poder sentir la lluvia de la mañana, el cantar de los campesinos arreando su ganado, o el olor a gloria de unas arepas asadas al carbón para el desayuno.


Muchos años después de aquellos días de la infancia, me abuela me sorprendió leyendo “Ibis” el virulento libro de José María Vargas Vila contra el poder, el Estado, la iglesia católica, la mujer, el abandono de los ideales. Me dijo que a ella el cura del pueblo le prohibió leer “Aura o las Violetas”, del mismo autor, pero que ella lo hizo metida bajo las sábanas con una vela encendida. Que lo leyera, que era una obra muy bella. Y que nunca me preocupara por lo que opinaran los otros de mis lecturas; que solo lo hiciera con aquellos libros por los que mi corazón palpitara. Que cuando tuviera dudas, sólo con él hablara. Ni nada más, ni nada menos.


Desde entonces, no he leído un solo libro por moda, o porque todo el mundo lo está leyendo, o porque lo recomiendan los más conspicuos intelectuales. Si lo abro y no me atrapa, sólo recuerdo el consejo de mi abuela.


Y de la escritura me dijo que ese era un regalo de los dioses, regalo al que la mayoría de las personas suele no apreciar y lo dejan por ahí, como un desvalorado obsequio, en un olvidado desván de los recuerdos. “Escribe”, me dijo, “no importa qué, pero escribe”.


Abuelita Roumalda, abuelita milagro en mi vida, donde quiera que estés, que Dios ponga sobre tus hombros sus manos y que tenga siempre una nube celeste para pasearte a ti, todo por el regalo y la felicidad que me diste con tus sabias enseñanzas sobre la escritura y la lectura. Aunque solo fuera por eso.


Guadalajara, Jalisco, agosto de 2013