• Jorge Alfonso Sierra Quintero

Memorias de Combatientes

En la antesala de la muerte.


El ex boxeador “Lupe” Pintor recuerda a Johnny Owen


Por Jorge Alfonso Sierra Q.


La Hospitalidad


Su casa está ubicada en un pueblo cercano al DF, Cuajimalpa, y tiene un portón inmenso que no deja ver desde afuera su frente. Al pasarlo veo una residencia reluciente, bien diseñada, con la puerta principal de madera en arabescos, y al entrar está adornada con muebles elegantes, espejos y esculturas brillantes, aunque sin presunciones ni estridencias.


Cuando me abre, lo hace sonriendo, -siempre lo está – y me saluda con el típico saludo mexicano “a tres bandas”: Dar la mano, abrazar por el lado derecho y luego volver a dar la mano. Me dice “qué hay chingao, te estaba esperando desde temprano para que te comieras un taquito que hizo la vieja”. Se refiere a su esposa. Y en su lenguaje expresa una particularidad muy mexicana: el afecto, la hospitalidad, el cariño que se le da a los extranjeros.


Por alguna razón que aún no entiendo, el mexicano es especialmente afectuoso con el colombiano. Desde que le dije que lo era, no ha parado de tratarme con una familiaridad que parece venir de años.


La sala de su casa – sobria, decorada con elegancia – me hace sentir cómodo. En una esquina un equipo de sonido en donde suena música norteña. En la otra un tv de pantalla plana con señales de haber sido comprado hace poco. En las paredes fotos – varias – de sus más encarnizados combates. Como cosa curiosa, predominan las pocas en las que al final perdió.


Cruza las piernas, se echa hacia atrás y sin perder su sonrisa me dice: “A ver cabrón, qué onda, pregunta”.Sus arcos superciliares, inflamados como los de todo boxeador, coronan unos ojos de mirada noble.


Sus manos entrecruzadas, el gesto de su cuerpo, el tono de su voz, todo, denotan un hombre feliz, satisfecho.


-¿Siempre eres así?


-Qué te digo cabrón, pues no soy yo quien te lo diga…viejaaaaaaaaaaaaaaa, ven…


Ella es de mediana estatura, joven, estilizada, se le notan las horas de gimnasio y encima de su ropa deportiva, trae puesto un delantal a colores. Sonrisa amplia, se seca las manos antes de saludarme.

Me sorprende él con su conversación y su lenguaje al decirle al rompe:

-Vieja, mi amigo el colombiano quiere saber si soy enojón.

- ¿Enojón?? ¡Qué va! Ni cuando perdía el campeonato…….


Sonríe y me mira contento. Sabe que no hay necesidad de insistir en ello.

Aprovecha y le pide a su esposa que me traiga café. Cuando le digo que me disculpe, que no lo tomo, sorprendido, me dice:


- ¡Ah chingao, ¿ no que eras colombiano? Y suelta otra frase con un evidente doble sentido.


-¿Qué te ofrezco entonces? ¿Coca?


Para seguirle el juego le digo:


-No, mejor Pepsi.

Se carcajea de buena gana.

Comienza la noche


Septiembre 19 de 1.980. Olympic Auditorium de Los Ángeles, California, Estados Unidos. Son las once de la noche y la pelea va en el segundo round. Su contrincante es un hombre flaco, aterradoramente flaco, pálido, orejón, desgarbado, que nadie sabe cómo pudo haber escogido una profesión tan ruda como ésta. Se vería mejor en una pista atlética, corriendo con una pértiga en la mano, preparándose para un salto con garrocha. Pero no, aquí está él, con su prominente nariz, con sus manos y piernas como palillos demostrando porqué a pesar de su frágil apariencia ha arrinconado contra las cuerdas al campeón mundial; y es que su récord hasta hoy lo avala: 25 peleas, 23 ganadas, un empate, una sola derrota y 13 nocauts.


Por su parte Pintor, José Guadalupe “Lupe” Pintor, acaba de regresar a su esquina, se sienta en su banquito y recibe agua de sus seconds. Le dicen “¿cómo estamos campeón? Tienes que emplearte a fondo, este flaco tiene con qué. No te descuides”. Pintor piensa. “Me está metiendo unas manos que no esperaba. El cabrón cada vez que me consigue me da en la madre”.


Hace hoy exactamente 6 meses y 7 días que cumplió 25 años. Su recorrido lo muestra como un sólido campeón mundial: 47 peleas, un empate y 7 derrotas. 33 nocauts previenen sobre la fuerza de sus golpes. Dueño del gancho de izquierda más elegante y mortífero del boxeo moderno, según los entendidos, Pintor sabe que debe apurar el paso. Un descuido y volará para Gales su corona.

El Boxeo I


- “A veces uno llega a subirse al ring con la suficiente determinación y dice: no importa lo que me pase, si me muero, no me importa, pero voy a conseguir el éxito a como dé lugar. Y de pronto, un día está ante la posibilidad de asegurar el futuro, no sólo propio, sino de toda la familia, los hijos, hermanos, padres. ¿Y qué opción queda? Pos la única opción es salir a darle con todo en la madre al oponente, cabrón”


Noto en esa mirada noble una melancolía que aparece de improviso, como si sus ojos trajeran una inmensa desolación desde el pasado. Se pasa el dedo índice por sus ojos. Veo que ya no sonríe.


-“¿Qué es lo que mueve a uno a quedarse en el boxeo, a pesar de su crueldad? Repite mi pregunta con una curiosidad sin asombro, con el tono preciso de alguien que no puede ocultar el hecho de ya haberla – habérsela – respondidos cientos de veces.


-“Lo que mueve a todos los boxeadores, mano: la necesidad, el hambre, las carencias; las ganas de ganarle así sea una a la vida. ¿Tú has pasado hambre?


Siento que mis huesos se me llenan de espuma pues no iba preparado para sus preguntas. Reconozco que la pobreza no espiritualiza ni sublima al ser humano, más bien lo encallece, lo degrada, y que las estrecheces y la rudeza de la vida pueden empujarlo al “todo vale”, con tal de conseguir lo que nunca tuvo. Empujarlo incluso a tratar de ganarle a la vida de la forma más cruel concebible: reventándose a golpes con otro sobre un ring.


-“¿Sabes? El boxeo es drama y es peligro. No creas que esto es la chingada, que acá nos subimos a un ring a divertirnos. Lo que en realidad buscamos es dejar atrás una vida de privaciones, aun a costa de la vida propia ¿Comprendes lo que digo?”.


Intento comprender pero sé que no me alcanza la epidermis. Percibo en sus palabras una descripción de algo más constante y universal, el desafío permanente que es la vida para los seres humanos, y esta enseñanza espartana: que al enfrentarse a la existencia como se hace en el boxeo, el hombre alcanza una grandeza moral, una justificación para su existencia, aunque termine derrotado. ¿Y cuántas formas de derrota hay en el boxeo, como en la vida, aunque se triunfe?

Avanza la noche

Noveno round. Johnny Owen,que así se llama el muchacho orejón y desgarbado,ha dado muestrasde una valentía inverosímil y una resistencia granítica frente a Pintor.Ha peleado los ocho rounds anteriores pegado al campeón como una lapa, no importa que por momentos reciba fuertes golpes sobre todo en su mandíbula, pues él también suelta los suyos con evidente peligro. Dos minutos y algunos segundos después de haber iniciado el round, derepente recibe un tremendo derechazo en el mentón quelo hace trastabillar y lo tira a la lona. Se levanta de inmediato como impulsado por un resorte. Se pasa el hombro izquierdo sobre la nariz y se restriegatambién la boca. El referee le hace la cuenta de protección respectiva y frotándose los guantes en su camisa, le dice algo; Owen asiente. Su gesto es de estar en condiciones de seguir combatiendo. Se abalanza de nuevo sobre Pintor y recibe otro derechazo que por poco lo vuelve a tumbar. El sonido providencial de la campana anunciando que ha terminado el noveno round lo salva de un nocaut inminente. Llega a su esquina casi arrastrando los pies, en una señal inequívoca de que aún no se reponía de los fuertes golpes que acababa de recibir. Noventa segundos de descanso le darán la oportunidad de recuperarse y seguir combatiendo. ¿Para qué?


El nido y el camino


“Yo nací un día cabrón, un 13, en el mes de Abril de 1.955, en Cuajimalpa, Estado de México. Tuve una infancia muy pobre; trabajé vendiendo nieves desde chiquito y luego fui albañil, le hacía a todo, ¿cómo ves? Y es que la pobreza es cabrona, mano. Haciéndole a lo que fuera, echándole ganas, así fue como me gané el respeto de mi gente. Eso me llena de orgullo, cabrón, porque después vino el boxeo que me dio la oportunidad de todo, de tener lo que nunca tuve, de darle a mi gente lo más esencial y un poco más. Pero ese orgullo no es un orgullo de presumido, sino de satisfacción, de que a pesar de mi origen tan humilde pude adquirir un modo para ganarme la vida y tener tanto reconocimiento como persona…..”

Al escucharlo en este instante, recuerdo las palabras de Borges en su cuento “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Quiero averiguar cuál fue en realidad ese momento en la vida de “Lupe” Pintor.

“No me lo vas a creer cabrón, pero fue después de la pelea contra Johnny Owen, cuando vino el desenlace que todo el mundo recuerda. Ahí me di cuenta que yo, aparte de buscar el éxito, la gloria, también buscaba ser reconocido como una buena persona. Y mira tú chingao, con quien me vino a pasar lo que me pasó. Con tremenda calidad de hombre……Está cabrón eso.”

No llora pero se queda de súbito callado. Sus pensamientos parecen navegar en un tiempo que no es el de este instante y sus palabras se muestran como si no fueran palabras, sino gemidos irreprimibles de un dolor muy antiguo. Sé a qué se refiere. Estoy aquí porque en verdad quiero averiguar lo que ha pasado por su vida desde aquella fatídica noche, cuando la lógica y el sentido común se quedaron protestando al otro lado de la vida porque no les fue permitida la entrada en donde lo absurdo y el desatino estaban siendo perpetrados.

Antes de la noche estuvo la luz


3 de Junio de 1.979. Caesars Palace. Las Vegas, Nevada, Estados Unidos.


Carlos Zárate es el Campeón Mundial de Boxeo del peso gallo. Muestra un récord impresionante: 50 victorias, 49 de ellas por nocaut y una derrota – ante Wilfredo Gómez en Puerto Rico –. Es esteel mejor porcentaje de nocauts en la historia del pugilismo. Repito: 49 nocauts en 50 victorias. Su derrota frente a Wilfredo Gómez no se entendería si no se supiera que esa noche Zárate subió enfermo al ring. Por eso pocos, muy pocos, le otorgan algo de posibilidades a su contrincante, un muchacho joven que esta noche lo reta e intenta arrebatarle el título. Se llama José Guadalupe “Lupe” Pintor.

Pintor tenía en ese instante 31 victorias y 4 derrotas. Sólo lo defendía un poco el hecho de que nunca había sido noqueado. Pero muchos aspectos juegan en su contra: Es unas 3 pulgadas más bajo que Zárate, no tiene la contundencia de su pegada ni su recorrido profesional y para colmo de males, el campeón es un ídolo en Nevada. Pintor, es casi un completo desconocido aún para sus compatriotas que esta noche van a ver esa pelea.


Hay un aspecto curioso: A ambos los dirige y apodera el famoso “Cuyo” Hernández, quien los vio crecer en su cuerda de boxeo. Por consiguiente son amigos de años, pero la profesión es la profesión y si se trata del boxeo el punto y aparte es imprescindible. El “Cuyo”, sabio, imparcial, decidió no asistir a ninguno de los dos en sus esquinas.


A pesar del poderío de los puños de su contrincante, desde el primer round “Lupe” Pintor salió a buscar la pelea, a perseguir a Zárate por todo el ring, algo con lo que seguramente no contaba éste. Y los tres primeros round fueron sin duda para Pintor pero en el cuarto Carlos Zárate conecta buenos golpes y faltando 20 segundos para acabar el round, mete una izquierda y una derecha precisas y demoledoras e imprevistamente Pintor se va a la lona. Los segundos de protección que le concedieron las reglas del boxeo y el tañido de la campana anunciando que terminaba el round, fueron providenciales para él.


Aún así, parecía que en ese instante el pleito encontraba su lógica y equilibrio y que de allí en adelante, todo para Pintor sería como si él fuese un tronco transcurriendo en un río abajo, revuelto, caprichoso, a merced del alboroto del agua.


Pero no.


Aquella noche la casta de “Lupe” Pintor estaba en todo su esplendor; él sabía, en lo más profundo de su ser, que no quería volver a su vida de sacrificios, de privaciones, y que si atacaba a Zárate, podía dar la gran sorpresa del año. Y así fue. Pareció que su visita a la lona en el cuarto round había sido sólo un inconveniente menor porque salió al quinto como si nada hubiese pasado. Desde ese momento, a cada round que transcurría el asombro y la preocupación iban abarcando más terreno en el ánimo de comentaristas, narradores y público presente. “Lupe” Pintor conectaba superiores golpes, se movía mejor dentro del ring y Zárate no tenía más alternativa que rehuir el combate desplazándose hacia atrás.

En el round 10 Pintor siguió en su misma tónica de atacar a Zarate y con un fuerte cruzado de izquierda estuvo a punto de tirarlo a la lona. Zárate terminó el round recibiendo más golpes y amarrándose desesperadamente a Pintor. Al llegar a su esquina insólitamente sus seconds le gritaban desesperados que no bajara la guardia y que no se pegara a Pintor, que no cruzara golpes con él en el cuerpo a cuerpo, que boxeara de lejos. Él, el hombre con el mayor porcentaje de nocauts en el boxeo moderno, el demoledor Carlos Zarate, el pugilista que parecía tener dinamita, plomo y cloroformo, todo mezclado en sus puños, debía rehuir, por su bien, el combate.


Ya en el round 14 otra vez Zárate recibe un fuertísimo cruzado de derecha que de nuevo lo hace trastabillar y por poco lo manda a la lona. A esa altura del combate ya parecían las cartas echadas para el campeón Carlos Zárate; sin embargo, todo indica que Pintor no estaba seguro de ir arriba en las tarjetas de los jueces y salió para el 15 y último round con la misma determinación y las mismas ansias con que afrontó completa la pelea. Tres minutos después todo estaba consumado. No se había producido el casi evidente triunfo por nocaut de Carlos Zárate sobre “Lupe” Pintor, y antes por el contrario, los narradores y comentaristas daban por seguro el triunfo por decisión unánime de los jueces del retador.


El anuncio sorprendió a Pintor aunque él hoy, muchos años después, sentado en la comodidad de la sala de su casa me lo niegue. José Guadalupe “Lupe” Pintor había destronado inobjetablemente al poderoso Carlos Zárate. Era el nuevo y único campeón mundial de los gallos. Cuando le digo que él parecía no estar seguro de haber ganado me dice serio:


-“No cabrón, yo sabía que había ganado. Y mi triunfo había sido limpio, inobjetable, honrado. Por eso jamás entendí la reacción de Carlos, lo que dijo después, lo que siempre aseguró. Que le habían robado la pelea, que yo no merecía el título y no sé que chingaderas más. Ahí acabó nuestra amistad. Acabada la pelea, que para mí no había sido más que eso, una pelea sobre un ring, él decidió alejarse diciendo todo lo que dijo”.


Noto que está incómodo con el recuerdo, que sus palabras tienen un cierto tono de enojo; enojo antiguo pero enojo al fin. Se lo hago notar pero no parece percibir lo que le dije.


-“Te juro que si yo hubiese perdido, no hubiese pasado nada chingao, lo hubiera aceptado y ya. Pero él no. Se encabronó conmigo y no sé contra quienes más. Pero ahí está la filmación de la pelea y todo el que la ve, sabe que yo fui el ganador. ¡Pero qué chingao cabrón, a partir de eso él jamás volvió a ser amigo mío. Ni lo será tampoco!”.

El Boxeo II


En la Televisión anuncian que hay trancones y embotellamientos debido a un fuerte aguacero que ha caído sobre la capital de México. Algunas colonias las muestran anegadas en agua, gente desesperada porque lo han perdido todo, y “Lupe” Pintor se queda extasiado viendo las imágenes y las descripciones de los reporteros que impactan. Calla. Intento intuir qué pasa por la mente del ex - boxeador en esos instantes y antes que la rueda de mis suposiciones empiece a rodar, él se me adelanta hablando como para sí mismo, aunque es evidente que se dirige a mí:


Mira que yo pasé por esas y otras muchas más cabronas. No te lo había dicho pero siendo muy chavito yo tuve un altercado grueso con mi padre y me fui de la casa. Viví en la calle, a plena intemperie, y por ahí me fui acomodando en cuánto trabajito encontraba. Pasé por muchas de estas que aquí muestra la televisión. Sé lo que es eso, lo que es dormir con la lluvia encima, de perderlo todo, de no tener nada. Eso sí, jamás se me dio por ser ratero o vicioso. Y el boxeo fue quien me salvó. Por eso, a pesar de todo, es el boxeo al que le debo todo lo que he sido y lo que soy. A pesar de su crueldad….y sí……a pesar de todo”.


Ese “a pesar de todo” final encierra en su comprensible enigma el drama que lleva consigo Pintor, este hombre de 61 años, de cabellos y bigotes entrecanos, fornido, ágil, cálido, que no muestra ningún síntoma de los estragos que normalmente deja el boxeo en quienes lo practican, sobre todo en el habla pues su conversación es chispeante con frases perfectamente hilvanadas Yo me veo obligado, como si me tocara sacar a flote las emociones más íntimas de este hombre que tengo al frente, a recordar a qué se refiere con esas cuatro palabras: “a pesar de todo”.

Cae la noche


Décimo segundo round de la pelea con Johnny Owen. Pintor tiene enfrente a un guerrero bravo y obstinado, y con una combinación de izquierda y derecha cortas, lo tira por segunda ocasión a la lona. Otra vez la cuenta de protección, otra vez Owen pasándose dos veces el guante por su nariz que ya sangraba, otra vez a demostrar que haber escogido la profesión de pugilista no había sido algo caprichoso.


Pero algún hado maligno aleteaba en forma trágica sobre el ring aquella noche. Owen se acerca a Pintor y recibe un cruzado de derecha en el rostro. Ya parece que solo una brújula solapada y maliciosa lo guía en el ensogado en busca de su contrincante. Está de pie y acaba de soltar un solo golpe sin convicción que Pintor elude fácilmente agachándose; después de ese ya no lanza más, camina pero pegado a “Lupe”, como si solo el cuerpo de su adversario lo sostuviera. Y otro golpe de derecha cae nítido sobre el rostro de Johnny Owen. “…Violentísimos impactos de Lupe Pintor, la izquierda y la derecha y le repite, y ahora….. Desbaratado y se acabó la pelea. Se acabó la pelea. Cayó como muerto, materialmente como muerto Johnny Owen”, grita en una dramática y dolorosa premonición el narrador mexicano Antonio Andére, el mismo que había anunciado en el segundo round que Owen era un hombre de probada resistencia y que Pintor tendría que emplearse a fondo para vencerlo, máxime si quería hacerlo por nocaut.


Al recibir el último golpe Owen deja caer ambos brazos en forma fláccida al través de su cuerpo, flexiona su cuello echándolo a un lado y ligeramente hacia atrás, se encorva, dobla sus largas piernas de palillo y sin poder siquiera invocar el más primitivo instinto de conservación del hombre, como sería colocar las manos o los brazos para amortiguar un poco la caída, se deja venir al suelo como una marioneta que fuera a recogerse. Cae en línea recta, como un naipe que se desmorona y se impacta nítido con el occipital en la lona.

Desconociendo el drama que vivían los médicos y los manejadores de Owen por rescatarlo del Knock-out, Pintor levantaambos brazos en señal de victoria, sus seconds corren a abrazarlo, lo suben y pasean en hombros. Mientras tanto, una La amargura tomaba posesión de su psiquis sin preguntar siquiera si él estaba preparado para ello. Y un denigrante lastre le era arrojado sobre sus espaldas para que no pudiera volver a celebrar un triunfo de igual forma sobre un ring, para que sólo celebraran los que medran con el dolor. Él, que tan solo había encontrado en el boxeo la forma más noble de ganarle a la vida, ahora se veía arrastrado a no saber si maldecirlo.

Cuarenta y dos días más tarde, sin reponerse jamás del coma profundo en que había caído después del Knock-out, Johnny Owen moría en una clínica de Los Ángeles, California.

El recorrido para volver al día


Después de la fatídica noche frente a Owen, Pintor se hundió en un comprensible abatimiento, al punto de desear renunciar por siempre al boxeo. Pero un impulso conmovedor y repentino le llegó de donde menos lo esperaba: del padre y la madre de Johnny Owen, quienes lo alentaron a continuar; todo había sido un fatal desenlace solo atribuible al destino y a algún duende perverso que vive apertrechado en un desvencijado rincón del boxeo. Alentado por aquel imprevisto apoyo volvió al ensogado enfrentándose a Alberto Dávila, de quien buscaba la venganza pues éste lo había derrotado en la primera oportunidad que tuvo por un título mundial, en 1976. Pintor retiene el título por decisión mayoritaria de los jueces pero su celebración al final del combate ya no era la misma de antes. No volvería a ser la misma.


Luego defiende exitosamente su cinturón de campeón mundial cuatro veces consecutivas, deja vacante su titulo mundial para subir de peso y buscar el titulo de los supergallos.


En una dramática pelea, que fue considera por la revista “The Ring”, la denominada “Biblia del boxeo”, como la pelea del año, Pintor pierde por nocaut en el 14 asalto frente a Wilfredo Gómez en Puerto Rico, luego de que al finalizar el asalto 12, Gómez tuvo que ser auxiliado por sus seconds, quienes lo llevaron cargado hasta su esquina pues había sido golpeado fuertemente por Pintor al punto de amenazar con irse a la lona cuando providencialmente lo salvó la campana.


Después de aquella pelea, Pintor permanece año y medio inactivo y regresa con más bríos para conquistar por fin el campeonato de los supergallos frente a “Kid” Meza, alcanzando de esa forma su doble titulo mundial; pero luego pierde esa corona en la primera defensa en Bangkok, en la báscula, al haberse excedido de peso. Más tarde en el ring es noqueado por su contrincante Payakaroon. Avergonzado por este suceso, Pintor cuelga los guantes pero en un gesto insólito regresa ocho años después, en 1.994. El ineluctable tiempo le ha pasado la cuenta; ya ha arribado a los treinta y ocho años y solo gana dos peleas de siete. Convencido por fin de que definitivamente su carrera en el boxeo había concluido, cuelga definitivamente los guantes.


Se prepara entonces para continuar la vida con la gratitud y el cariño del gran público que lo seguirá reconociendo como uno de los más nobles y carismáticos campeones mexicanos de todos los tiempos. Monta un gimnasio de boxeo para entrenar a jóvenes promesas y parece feliz en su nueva actividad pero un fantasma gris no deja de aparecérsele en sus más recurrentes sueños. Con la ayuda de un sicólogo, intenta sobrellevar por siempre la muerte de Johnny Owen.

Gales, Irlanda, 22 años después


2 Noviembre del año 2002. Una lluvia pertinaz se expande sobre la capital de Gales y el viento trae un olor de madreselvas. El ambiente es sombrío, triste, y más melancólico se observa cuando se detallan varias personas con gabanes y sombrillas oscuras reunidas frente a lo que parece ser un monumento que en pocos instantes va a ser develado. Un día antes en México se ha celebrado el día de muertos, una particular ocasión en que los nacionales de ese país festejan con comida, flores, música y todo tipo de agasajos a “la catrina”, como jubilosamente llaman a la “mujer de la guadaña.” Pero aquí en Gales hay un mexicano que llora buscando conjurar un pasado trágico que le presentó, cuando menos lo esperaba, a esa muerte que nunca más para él sería festiva.


Es “Lupe” Pintor, quien ha sido invitado por la Familia de Johnny Owen, aquel joven orejón y desgarbado que lo enfrentó la nefasta noche del 19 de Septiembre de 1.980, para develar una estatua de bronce en honor del malogrado boxeador.


Al descubrir el monumento pareció que un alborotador ruido de jinetes con espuelas montados en caballos negros, y de pezuñas de diablos encrispados bailando sobre palanganas de aluminio, creciera dentro del cerebro de Pintor. Su rostro adquirió el aire fatigado de los difuntos y la noche aquella que nunca ha querido pasar de su memoria se vino con un aguacero desaforado a sus ojos. Rompió en un llanto fuerte y contenido como de arroyo que se crece sin tener por donde darse cauce y sólo la ternura de Dick Owen, el padre de Johnny, que lo abrazaba por la espalda tomándole las manos, lo reconfortaron un poco. Con la voz quebrada por el dolor, pudo decir a los presentes: “Estoy apenado por lo que ocurrió. Yo no quería hacerle daño. Yo sólo hice lo que mejor sabía hacer, igual que Johnny, quien fue un gran guerrero. Este es un momento difícil para todos nosotros”. Hubiera querido decirles también que lo que más quería era estar ya, de una vez y para siempre en el día siguiente, que lo que más quería era salirse como un viento de ese momento triste y ceniciento que ya lleva más de 20 años instalado en sus dolores. Pero sus palabras y pensamientos sobraban porque nadie lo culpó, ni lo culpaba de nada. La familia de Owen le rogó que dejara de torturase, que todos sabían que había sido un accidente y que lo que más los alentaba era que él estuviera allí, pues para ellos era un honor tenerlo en ese emotivo homenaje.

La carga sin fin


Al día de hoy han pasado más de 30 años de aquella fatídica muerte sobre un ring, una entre las más de 500 que se cuelan en la historia del boxeo, pero este hombre que tengo frente a mi no deja de ser un juez severo con él mismo, que elucubra una y otra vez sobre la responsabilidad que le cabe en todo esto:


Si algún día pensé hacerle daño a alguien arriba del ring, en quien menos pensé fue en Johnny Owen... Voy a vivir con esa pena hasta el día de mi muerte. Es que está cabrón... muy cabrón saber que a causa de uno alguien pierde la vida. La responsabilidad es directa porque arriba del cuadrilátero estamos uno frente al otro. Es muy difícil de superar”.


Se levanta, toma un elefante de porcelana que está sobre la mesa de centro, se queda observándolo, lo detalla, sus ojos parecen mirar hacia dentro de esa figurita pero no, lo cierto es que al final están viendo hacia dentro de sì; siento que se mira con el terror de un ciego ante la luz, sin parpadear, y que la pantomima de analizar el elefante es nada más para que no vea que sus ojos están a punto de anegarse en lágrimas.


Gira la figura del elefante entre sus manos. Por fin, como si estuviera frente a un espejo lleno de ojos que lo acusan, lanza como al desgaire una frase cruel, cruda, violenta como eran sus ganchos de izquierda, y la dice como para sí mismo aunque espera que yo la escriba:


Sí cabrón, uno mató en el ring. Es un hecho real y no podemos disfrazarlo; fue un accidente, lo comprendo, pero al final yo solo fui el responsable”.


La felicidad con la que me recibió parece ondular y perderse entre las paredes de su casa, como si se fuera, pero no. Siempre está ahí, sólo que en las noches, o cuando lo recuerda, la abraza con su manto negro un día nombrado 19 de Septiembre. Es ese pasado que vuelve, el que como las ilusiones pasadas, no se pueden arrancar.


México, DF, Enero del 2016.