• Jorge Alfonso Sierra Quintero

Memorias de Combatientes

La gloria en el desván del olvido


Por: Jorge Alfonso Sierra Q.


La historia, esa damisela que se viste según quien vaya a escribirla, suele a veces comportarse con arrogancia y desconcierto. No importa el linaje de quien se le acerque, sus logros, sus improntas, ella se place en ignorarlos, mientras a otros pálidos, intrascendentes, con muestras baladíes, los eleva a alturas inmerecidas.

Ahí está Madrazo, el sublime pintor español Federico de Madrazo y Kuntz, impactándonos con sus retratos o sus cuadros como el de “Juana la Loca” en el Museo del Prado, pero olvidado olímpicamente por la historia. Y otros que apenas mostraron extravagancias, los cubre la ostentación y el recuerdo. Algo de aristocracia existe en esto. Como la alta clase de guerreros atenienses frente a sus similares esclavizados, la historia reparte reconocimientos a quien decide nombrar como los mejores. Y en esto no hay justicia ni ecuanimidad.


Caminando por la historia


Ella, la veleidosa historia, aún no lo reconoce ni sabe de quién se trata. Es el 15 de Abril de 1936 y en el barrio de San Juan de Dios, en Guadalajara, Jalisco, México, nace el menor de cinco hijos, a quien sus padres, Jesús y María, bautizan como José, evocando en un truque inconsciente los nombres de la familia inicial católica. Al pasar del tiempo este niño será conocido como José “Joe” Barrera Covarrubias.


Debido a que el raquítico sueldo que devengaba el padre como vendedor de hielo los tenía sumidos en la pobreza, el pequeño José se ve obligado a abandonar sus estudios en Quinto de Primaria, e ingresar a trabajar en un taller de carrocerías de autobuses para ayudar al sostenimiento de la familia. Ya para entonces mostraba los primeros amores por el deporte del boxeo. El dueño del Taller, Jorge Trigo, era un apasionado del pugilismo, por lo que al enterarse de la afición de su nuevo colaborador, decide apoyarlo convirtiéndose en su manager, y lo hace debutar como amateur en la ciudad de Torreón, en Coahuila. Cuatro años permaneció como aficionado.


Apenas con 17 años de edad, el 30 de agosto de 1953, Becerra debuta profesionalmente noqueando en cuatro rounds a Ray Gómez en Guadalajara, recibiendo la cantidad de doscientos pesos como primera paga. Comenzó peleando 4 veces el primer año pero al segundo se enfrentó en diez meses a 17 rivales. Uno le quitó el invicto. Fue el 3 de octubre de 1954 y su nombre era Luis Ibarra. En sus próximas 41 peleas perdería en dos ocasiones hasta que en 1957 su vida dio un vuelco con la llegada como manager del legendario Francisco “Pancho” Rosales.


Buscándolo en un laberinto


Es el año 2016. Estoy en Guadalajara, México, y voy en su búsqueda. Quiero entender por qué a pesar de su gesta y de sus brillos, la historia lo ignora. El país azteca posee en el deporte varias disciplinas en el que sus representantes se han destacado. Pero en dos, los manitos indefectiblemente sobresalen: Lucha libre y Boxeo.

En el pugilismo, sus héroes abundan: Desde el siglo pasado nombres como Rodolfo "Chango" Casanova, Luis Villanueva "Kid Azteca", Raúl “Ratón” Macías, Salvador Sánchez, Guadalupe “Lupe” Pintor, Carlos Zárate, Rubén “Púas” Olivares, Humberto “Chiquita” González, José “Pipino” Cuevas, Julio César Chávez, Juan Manuel Márquez, refulgen con luz propia pero, ¿quién fue aquel que inició el camino? ¿A quién le correspondió quitar la cerca y se alzó por primera vez con el trofeo? ¿Cómo se llama, en donde está el que señaló la senda y mostró que la gloria y la reivindicación para muchos a quienes parece que la vida los desplaza, era posible?

Su nombre pocos lo recuerdan; los diarios parecen haber relegado para siempre al olvido al primer labrador que subió la cuesta y sembró la bandera del triunfo.

Tengo una vaga descripción para hallarlo. Me hablaron de una Colonia enclavada en esta ciudad de más de 6 millones de personas. Esa Colonia está dividida en tres y cada una de ellas tiene más de 50 mil habitantes; su radio de casas se extiende unos 10 kilómetros a la redonda. Con dar solo su nombre y decir que fue “campeón mundial de boxeo, el primero de México”, y que hoy cuenta con más de 80 años, ¿podré hallarlo?

“!!Híjole!!”, es la elevada reacción denotando asombro que me lanza la primera persona a quien le pregunto por él cuando apenas inicio mi ingreso a la Colonia “Lomas del Paraíso” en Guadalajara. “¿Pero no te dijeron en que Colonia específica es? Porque Lomas del Paraíso son tres, y la verdad, todas son zonas “bien canijas” como para que vayas por allí sin tener claro a donde es que vas…”.

Empiezo a dudar si sigo ingresando porque “canijo”, en este contexto, significa “muy peligroso”.


Me arriesgo. Transito por calles pavimentadas pero con lomas pronunciadas, estrechas, en las que no es posible parquear sin causar problemas de circulación a los otros vehículos. Se me ocurre ingresar a una tienda y preguntar por segunda vez por él.

Su nombre y su hazaña, la rescató del olvido para mí el Maestro José Sierra, gran conocedor e investigador de boxeo. Me dijo que se llama José Becerra, que fue el Primer Campeón Mundial absoluto de Boxeo que tuvo México.

No sé, no lo conozco….o mejor déjeme preguntarle a mi esposo…tal vez él sepa algo” me dice una señora entrada en años, con delantal de cuadros, que está detrás del mostrador de una tienda. El señor que sale, canoso, flaco, ladea la cabeza para escucharme y me dice:

“¿Sabes qué? Yo creo saber quién es….pero estás lejos….mira…” y empieza a darme unas intrincadas indicaciones que trato de memorizar. Continúo.


Él fue el primero que conquistó la cima


Su nuevo manager Francisco “Pancho” Rosales, empezó por variarles a sus contrincantes. Su prueba de fuego comenzó en la norteña ciudad de Monterrey, México donde enfrentó al temible ponchador cubano Manuel Armenteros y en un trepidante combate, José Becerra salió airoso clasificándose mundialmente. En febrero y marzo de ese mismo año, enfrentó en dos ocasiones al temible noqueador José Medel, al que también derrotó sin atenuantes. Su primera pelea en el extranjero la realizó en San Francisco, California, noqueando en cuatro asaltos a Johnny Ortega pero en la segunda, también en los Ángeles, cayó ante Dwight Hawkins, en cuatro rounds. Fue el primero de los dos nocauts que recibió en su carrera pugilística.


Ya en 1959 llegó su consagración, y paradójicamente su desdicha. El 5 de febrero de ese año en pelea eliminatoria por el título mundial, aniquila en el décimo round al italiano, ex campeón mundial gallo, Mario D’ Agata, instalándose como el aspirante número uno al título. Antes de dirimir por el mismo, debía enfrentar a Billy Peacock, quien tenía fama de noqueador. La pelea se realizó en Tijuana, Baja California, y Becerra lo fulminó en el mismísimo primer round. Esa noche se firma el contrato para que se enfrente, en la división de los gallos, al Campeón Mundial el argelino - francés Alphonse Halimi. Su entonces promotor, el griego George Parnassus empezó a publicitarlo como “Joe” Becerra.

La pelea se llevó a efecto el 8 de julio de 1959 en “El Memorial Sports Arena”, de Los Ángeles, California. Preparado rigurosamente, dirigido en forma maestra en su esquina, aquella noche Becerra realizó una de las mejores faenas de su vida. Con una pegada precisa, demoledora, y magistral juego de piernas, apabulló al entonces campeón absoluto noqueándolo en el 8 round. Cuando Halimi cayó a la lona, el público, mexicano en su mayoría, enloqueció al ver consumada la venganza ya que dos años antes Halimi había noqueado al ídolo azteca Raúl “Ratón” Macías, de quien curiosamente había sido sparring Becerra y gozaba de su alta estima.

Su regreso a Guadalajara fue toda una locura. Becerra fue recibido como un héroe: multitud de personas lo esperaban desde el aeropuerto acompañados de mariachis, pancartas, gritos, vítores y porras. Las principales avenidas se atestaron de quienes recibían a su “Primer campeón Mundial”. Desde aquel instante dejó de ser sólo el ídolo del “Barrio de Analco” y se convirtió en la figura deportiva de todo México. Allí nacía una de las leyendas más grandes del boxeo mexicano. ¿Hasta cuándo?


En la búsqueda del olvido


Cuando llego a una pared en donde obligatoriamente debo cruzar a la izquierda, comienzo a desandar calles más estrechas aún. De pronto no puedo seguir pues voy en contravía. Un camión que viene de frente debe parquear precisamente en un portón hacia donde me orillo.


No tengo más alternativa que avanzar un poco más y bajarme del vehículo último modelo que manejo. Me invade una especie de súbito pánico pues a lado y lado de la calle en que estoy, veo talleres de latonería y pintura, casas con zaguanes tipo inquilinatos donde están sentados en sus puertas personajes de mirada turbia, con los brazos marcados con infinitos tatuajes; el intrigante paisaje lo rompen casas lujosas, con carros de marca parqueados en sus puertas blindadas por cercas eléctricas.


Por puro instinto miro a un sardinel donde dos hombres sentados en el mismo degustan alguna fruta. Uno de ellos lleva camiseta tipo esqueleto. Me observa con unos ojos amarillentos y en su cara cetrina, adornada con una cicatriz en su barbilla, con brazos y cuello tatuados, creo ver los personajes malevos que conocí en mi infancia en el barrio “La ceiba” de Barranquilla. El otro inspira mayor confianza. Es flaco, de piernas largas y con vestimenta normal, de camisa floreada, jean y zapatos tennis. Para vencer mi miedo me les acerco y les pregunto por el personaje que estoy buscando.


El de los brazos y cuello tatuados calla y me sigue observando con una mirada que interpreto de antipatía. Ha dejado de masticar y su boca entreabierta no ayuda a mitigar mi temor. El flaco se levanta con pereza y me dice, “ven, yo sé quién es. Lo conozco. Mi chamaco practicó box pero ya lo dejó”. Me hace señas para que lo siga. Obediente lo hago. Camina unos pasos y sin mirarme, me dice. “Aquí a la vuelta hay una familia que son peluqueros. Él iba donde ellos a cortarse el cabello. Seguro ellos saben”.


Nos acercamos a una casa de paredes con un blanco reluciente, de dos pisos, con balcones como de mansión en el mediterráneo y ante su puerta, flanqueada por rejas seguras, dos carros de alta gama y de reciente adquisición. Se me asemeja todo a un pájaro de relucientes plumas posado en una piedra que sobresale del estercolero. Timbramos y sale una mujer joven, bella, que nos pregunta el motivo de nuestra presencia desde el umbral de la puerta. Se lo decimos.


Al oír nuestras voces, un hombre de sombrero vaquero, con cinturón ancho de hebillas inmensas, camisa pegada al cuerpo abierta en la parte superior, botas y jeans, se asoma por el balcón mientras está hablado por un celular. Nos mira desde su altura y un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Me siento en la película "El infierno”, donde se narra la cultura del narcotráfico en México. Mi temor se acentúa. El hombre no nos dice ni señala nada y entra al cuarto. La señora desaparece de la puerta y quiero pensar que subió a platicar con alguien que pudiera ser su esposo.

Pasan unos dos o tres minutos eternos, y el que hablaba por el celular vuelve a aparecer en el balcón. Se ha quitado el sombrero. Su voz es cálida y amable. Nos indica que el peluquero es su tío, que no vive por acá. Y nos da unas indicaciones para hallar a José Becerra, pues sabe quién es. “El Campeón Mundial de Boxeo, pero creo que ya murió, ¿eh? Fue hace unos tres meses”.


Siento una desilusión enorme. El flaco que me acompaña me dice: “No, no creo que haya muerto. A ver no más y vamos al gimnasio de boxeo donde practicaba mi hijo. El cuate que lo dirige es el dueño. Él fue Campeón Nacional por Jalisco, y conoce muy bien a Don José”.

Ahora añade palabras que surten el efecto de calmar mi ansiedad por el sitio en que estoy; que si no dudo de él, que deje el carro ahí y me llevará caminando hasta el gimnasio. Me advierte que ese tipo que estaba con él – el de los tatuajes y la mirada amenazadora- es malo; que la mayoría de la gente de esta Colonia es de cuidado, pero que él no; que no tema. “Tranquilo Don, conmigo no le va a pasar nada”.


Recurro a mis más ancestrales creencias: “Mis antepasados me cuidan, nunca me pasa nada grave, el ser humano es bueno y no hay que temer”. Con esos atávicos y primitivos “conceptos” me voy con el flaco. Caminamos unas 7 cuadras y la última es una bajada de miedo aunque pavimentada. Y justo al final, antes de llegar al arroyo, veo un aviso en lona que anuncia un gimnasio de boxeo. El flaco timbra y a los pocos segundos aparece un hombre joven, elegante, fornido, de buena contextura física. Es el ex - boxeador del que me hablaba mi acompañante. “No manches, - le dice al flaco cuando le pregunta por José Becerra- Ya él murió carnal. Fue hace como tres meses”. De nuevo una desilusión enorme se apodera de mi ánimo.


“Pero si quieren vayan hasta su casa porque la neta, yo oí eso y no estoy seguro si será verdad”. El flaco me dice que él me acompaña pues estamos un poco lejos de la dirección recibida. Vamos al carro y subimos ambos a buscar al hombre al que parece que la historia se empeña en olvidar.


El cuervo negro que persigue a los boxeadores mexicanos

Gracias a José Becerra, el boxeo se convierte en una auténtica pasión en Guadalajara y se construye “La Arena Coliseo”. Ahí quería presentarse el Campeón Mundial. Deseaba hacerlo ante su público, para retribuirles su admiración y apoyo. Para ello, sus manejadores pactaron una pelea sin título en juego, a diez rounds frente al estadounidense Walter Ingram, apenas tres meses después de su coronación. Fue la noche del sábado 24 de octubre de 1959. Una fiesta total y absoluta en donde hervía el fervor y la idolatría hacia ese primer hombre que les enseñaba a ganar a los mexicanos en el deporte de las narices chatas.


Sin emplearse en su total capacidad, Becerra iba llevando la pelea con calma. Pero el monstruo de las mil cabezas, esa multitud que instantes antes lo vitoreaba, empezó a hacer realidad el aforismo de Goethe, ¡“! Alma humana, ¡cómo te asemejas al agua!”. Rechiflas, gritos desaforados, solicitudes enérgicas para que el campeón azteca “acabara con su contrincante” empezaron a aflorar en palabras, primero como un murmullo, luego como una agresiva solicitud ensordecedora. “Campeón de papel” alcanzó a escuchar varias veces en el ring, y dolido por aquella afrenta no tuvo José más remedio que tratar de darle a aquel circo lo que le demandaba. Que tirara sus golpes como los tenía acostumbrados, que lo “acabara”.


Entonces el campeón hizo lo que mejor sabía: golpear con contundencia a su rival en la cabeza hasta que en el round nueve lo envió a la lona. Ingram se levantó dispuesto a seguir peleando a pesar de su evidente desmejoramiento físico pero de su esquina lanzaron la toalla deteniéndose tan desigual pleito. Mientras Becerra era congratulado por sus “seconds”, Walter Ingram se le acercó y lo felicitó por su triunfo. Se abrazaron en forma afectuosa. Cuando Becerra se dirigía a su vestidor, imprevistamente Ingram, que aún estaba en el cuadrilátero desguantándose, se desvaneció en la lona. A pesar de los ingentes esfuerzos de médicos y asistentes, jamás recobró la conciencia.


Aún en su camerino, el vencedor de aquella noche recibió la dolorosa noticia y al instante, quedó sumido en una profunda tristeza. Un mar de lágrimas lo inundó por dentro, explotó en un llanto incontenible mientras no alcanzaba a dar crédito a lo que escuchaba. Una perversa voz en su conciencia le decía que por culpa de sus golpes, su rival había muerto. No llegó el pensamiento sensato que le dijera que había sido un accidente fortuito, totalmente ajeno a su voluntad.


Este fue la primera de cinco de las más sonadas tragedias acaecidas sobre un ring y que ha tenido como tristes protagonistas a mexicanos: Guadalupe “Lupe” Pintor contra el galés Johnny Owen, Gabriel Ruelas contra el colombiano Jimmy García y hasta la de un cubano, Ultiminio “Sugar” Ramos quien ya naturalizado mexicano, le acaeció no una, sino dos veces contra sendos rivales: José ‘Tigre’ Blanco y Davey Moore. Todos ellos, después de sus dolorosos triunfos, se destruyeron emocionalmente cuando subían a un cuadrilátero. E igual, desde aquella noche, jamás José “Joe” Becerra Covarrubias, el Primer Campeón Mundial absoluto de boxeo de México, volvería a ser el mismo.


“Es algo que siempre me cuesta recordar, es un tema del que casi nunca hablo. He llorado mucho ese desenlace y para mí es un verdadero martirio evocar esa desdichada pelea”, se le ha oído decir en diversas ocasiones. La evidencia de lo que fue


Vamos viendo los nombres de las calles hasta que damos donde está la casa que buscamos, la número 4448. Es la “Jesús Amavisca” cruce con “Jaime Carrillo”. Casi en una esquina se ve una pared larga, que tiene una roída bandera mexicana en lo alto de la misma. “! ¡Aquí está, llegamos!” me grita entusiasmado mi espontáneo guía.


Nos detenemos unos metros adelante para parquear. Es una tienda a donde nos dirigimos para verificar que en la casa de contra esquina, vive -¿o vivía?- José Becerra, el Primer Campeón Mundial Absoluto de Boxeo que tuvo México.


Uno de los dueños de la tienda se sale del mostrador y nos atiende. Sus primeras palabras son lo más alentador que pudimos escuchar:


- ¡Claro, ahí vive él! Está un poco enfermito pero todavía le echa ganas.


Luego baja la voz y nos habla como en una confidencia. “Miren, ese que está en la esquina es uno de sus hijos. Está perdido en la droga. Él los puede acercar a su casa. ¡Pobre campeón! Sus hijos y nietos le salieron bien canijos. Esa casa fue lo único que le quedó pero mire Usted – se dirige a mí – él era dueño de toda la cuadra, pero entre sus hijos y sus nietos fueron vendiendo de una en una, y él ni se enteró”.


Me cuenta que alguno de sus familiares ha salido a vender por pírricas sumas trofeos o aquellos guantes de boxeo autografiados con los que ganó el Primer Campeonato Mundial para México.


Por fin me decido a ir donde su hijo. Se ofrece a llevarme. Sin duda tiene algún problema neurológico porque muestra dificultad para pestañear o para recordar si es el hijo de José Becerra; luego me dice casi tartamudeando que es “su hermano”. Abre un portón inmenso por donde se ingresa a la casa. Casi me doy de bruces con un hombre que se está levantando de una silla de ruedas.


-“Ahí está. Es él”, me dice el que me ha acercado.


Me asombra su pequeña estatura. Está un poco encorvado, como si le doliera la cintura. En su rostro tiene una manguerita transparente de las que sirven para recibir oxígeno. Se ayuda a sostenerse y a caminar con una muleta metálica.


Le doy la mano y él me mira con unos ojos tristes pero establecidos en un rostro sereno, de piel tersa, sin arrugas, que no parecen los de un hombre de más de 80 años; muestra una sonrisa pícara, como de hombre feliz. Me habla con una voz carrasposa e inaudible. Se nota que se esfuerza demasiado para hacerlo. Le alcanzo a entender que precisamente ya va saliendo para la cita médica de todos los días. Un taxi que llegó a los segundo de haber entrado, está parqueado en la puerta de la casa.


Donde me hallo conversando con él es una especie de estacionamiento amplio, en cuyos lados y en el fondo, hay habitaciones que simulan ser cuartos pero en realidad son casas. Alcanzo a percibir unas cuatro o cinco. De la más cercana a mano izquierda sale un joven serio, casi agresivo, peinado a lo “hooligans”, con cresta arriba y rapado por los lados. Tiene un “piercing” en su labio inferior y noto varios tatuajes en sus brazos. Una mujer joven que sale con él se queda parada en la puerta. Tiene un niño de meses en los brazos.


El joven se me acerca y con una mirada de pocos amigos me dice que qué quiero. José Becerra permanece de pie. Le extiendo la mano en señal de saludo y tratando de bajarle un poco de tensión al momento, le doy mi nombre y el motivo de mi visita.


- “¿Eres su nieto?”


- “Sí”, me responde, con la misma sequedad de su mirada en la voz.


-“¿Quiere hablar con mi abuelo? Venga otro día. Ahora no puede atenderlo”. Le digo que si podemos visitar el sitio donde están sus trofeos, fotos de sus gestas, medallas. Me dice que tampoco se puede. Eso lo manejaba su abuela y ella ya murió.


Empiezo a caer en cuenta lo que me dijo el tendero.


Con sus movimientos casi me está echando de la casa. Le agradezco me deje tomarme una foto con el Campeón Mundial. José Becerra me sigue mirando con sus ojos tristes y su sonrisa de hombre bueno. Sin esperar su respuesta le digo a mi acompañante que use mi celular. Logro que haga dos tomas. José, con su voz inaudible me dice que venga mañana, que él me atiende.


Con su mirada recia, sus labios y quijada tensos, su nieto me sigue atemorizando con ojos de pocos amigos.


Volver sin esperanzas


Para reaparecer después de aquella dolorosa noche, José “Joe” Becerra escoge el día que en México se celebra a su Santa patrona, la Virgen de Guadalupe. Es el 12 de diciembre de 1959 y se va hasta Nogales, Sonora, para una pelea a 10 rounds, donde tampoco está en juego su título mundial. Gana por decisión a Frankie Duarte.


Dos meses después, el 4 de febrero de 1960, se anima a realizar la primera defensa oficial de su título en Los Ángeles, California, concediéndole la revancha a Alphonse Halimi. En esta pelea, “Joe” Becerra dio la impresión de haberse recuperado emocionalmente pues a pesar de la fuerte oposición que le dio Halimi, volvió a noquearlo en el noveno asalto. Pretendiendo borrarle los pensamientos de la aciaga noche frente a Ingram, “Pancho” Rosales lo insta a que se quede en los Estados Unidos y lo pone a pelear, otra vez sin el título en juego, frente a Ward Yee, en San Antonio, Texas. Aunque ganó por decisión unánime, todos observaron que aquel juego de piernas de José ya no era el mismo; ahora parecía un orangután que por primera vez se pusiera de pie balanceándose torpemente. Sus puños ya no llevaban la certeza ni la contundencia de antes. El inescrutable destino le marcaba, como a Caín, sus negros designios.


Luego de apenas una semana de descanso, lo vuelven a poner a pelear frente a “Pimi” Barajas, otra vez sin el título en juego. A pesar de lograr otro nocaut en siete asaltos, Becerra sabe que aquel ingrato recuerdo en su memoria se niega a abandonarlo. Ahora es un ser extraño metido en este cuerpo de gladiador, que va a las batallas sin mucho convencimiento. Parece que esa reminiscencia deforme le ha devorado el espíritu. Decide entonces irse del pugilismo definitivamente pero le ofrecen 50 mil dólares, una suma de dinero jamás ganada por él, lo que le hace recapacitar su decisión. Debe ir a Tokio, Japón, a exponer su título frente al durísimo Kenji Yonekura, el 23 de Mayo de 1.961. Va decidido y retiene su cetro en una decisión unánime.


Tres meses después reaparece en Tampico y noquea en cuatro asaltos a “Chuy” Rodríguez. Como si quisiera convencerse de que era imposible volver humo aquel recuerdo de Ingram que lo atormentaba, acepta una pelea 18 días después frente al clasificado mundial Eloy Sánchez, en Ciudad Juárez. Y efectivamente, el suplicio no lo abandonó aquella noche. Como un pecador atormentado por la falta de piedad hacia su congoja por el enardecido público que lo abucheaba, José Becerra sufre su quinta derrota y su segundo nocaut. Es anestesiado en el octavo asalto.


Decide irse definitivamente del boxeo. George Parnassus, su promotor, sobresaltado por esta decisión, le ofrece 70 mil dólares, una suma jamás ganada por boxeador mexicano alguno, para que expusiera por tercerea vez su título frente al brasilero Eder Jofre. Pero el tormento y la aflicción pesaron más que el dinero y los placeres. A pesar del enojo y las rabietas que le armaron Parnassus y “Pancho Rosales, Becerra jamás cambió su decisión.


Aún así, está claro que el destino muestra a veces su cara amable y da la opción de expiar muchas de las culpas que se sienten. Dos años después de su retiro, Becerra retornó a calzarse los guantes para sostener una pelea de exhibición frente a Alberto Martínez, a beneficio del púgil tapatío Rudy Coronado, quien había resultado gravemente lesionado en un combate profesional. Mostrando los destellos del brillante boxeador que fue, José se alza con el triunfo por decisión y dona el total de la taquilla a la familia de su colega.


Incluyendo esta última pelea, José “Joe” Becerra Covarrubias estuvo durante 9 años en el boxeo y se retiró a los 26 de edad. Su récord profesional quedó en 79 peleas, habiendo noqueado a 42 adversarios, a 30 les ganó por decisión, empató dos y perdió solo cinco, dos de ellas por nocaut.


El adiós y el olvido


Salgo de su casa y prometo sin mucho convencimiento que volveré mañana. El flaco que me acompaña me dice que lo busque, que él otra vez viene conmigo.

Observo la pared inmensa que guarda a las tantas casas que se construyeron dentro y pienso en el tiempo en que toda la cuadra fue de su propiedad. En su matrimonio procreó ocho hijos. Sé que al retirarse, el Primer Campeón Mundial de Boxeo que tuvo México, montó varios negocios de restaurantes y hasta compró un edificio para rentar en el Centro de la ciudad. A pesar de que fue elevado al “Salón de la Fama de Estados Unidos”, al “Paseo de la Fama de Jalisco” y a ser reconocido por la revista “The Ring” como uno de los máximos exponentes del pugilismo en la historia de este deporte, hoy parece que como su dinero y su gloria, de eso nada queda. El tiempo lo ha borrado todo.

Hasta los 72 años de edad, José Becerra fue instructor de boxeo en el Consejo Estatal para el Fomento Deportivo (CODE Jalisco), de donde se retiró para pensionarse. A pesar de no haber sido campeón del Consejo Mundial de Boxeo, Don José Sulaimán Chagnón, también ordenó otra pensión para él.

Aunque siguió en el boxeo hasta edad tan avanzada, todos admiten que el retiro definitivo de Becerra del arte de fistiana, sucedió en realidad cuando apenas contaba 23 años de edad. Fue el sábado 24 de octubre de 1959, aquella funesta noche cuando el estadounidense Walter Ingram cayó para no levantarse jamás, luego de haberlo noqueado.

“La muerte del negrito Walter Ingram me chingó la vida. Jamás pude reponerme de esa tragedia” repitió cientos de veces mientras le alcanzó la voz.


-“¿Qué onda, como les fue?”. Pregunta el tendero. “No fue, nos fueron”, pienso.


-“¿Volverás?”, insiste como para que sigamos hablando. No le contesto aunque le digo adiós.


Me voy triste. No quiero admitir que el olvido definitivo se haya consumado.


Guadalajara, Jalisco, Junio del 2016