• Jorge Alfonso Sierra Quintero

Mi ruina de Don Juan

Por: Jorge Alfonso Sierra Q.


Por alguna razón que aun no comprendo a plenitud, desde que tuve mi primera novia – pasados los 17 años- empecé a notar que casi todos mis compañeros – yo incluido – comenzamos a presumir de bisoños “don juanes”. Wagner, un espigado negrito de pelo apretado, ojos achinados y nariz desparramada por toda la parte superior de sus labios, se colocaba frente al vidrio de un ventanal donde estudiábamos y tocándose su afro con suavidad me decía, “Sierra, si yo tuviera tu cabellera, no dejaría mujer en el mundo”.


A decir verdad, quizás era lo único que de mí se salvaba: un pelo lacio y negro que por la época en que crecía, era la moda que habían impuesto “Los Beatles”. Dejárselo crecer, era considerado símbolo de atracción. Pero en mi caso era mucho presumir. Yo era un flaco moreno y desgarbado que apenas alcanzaba los 47 kilos, narizón, con gafas para amortiguar mi temprana miopía y un pechito aplanado que era motivo de burla constante al punto que jamás me atrevía a quitarme la camisa así fuera en la playa o en la piscina. Y si me despojaba de mis gafas mi mirar, como en la tristeza marina, tenía siempre luz de anochecer. Para completar mi deprimente perspectiva, yo era un tímido recalcitrante que temblaba como un conejo ante la sola posibilidad de entablar una conversación con la muchachita que me tocara al lado.


Mi hermano Oscar, caricaturista, me dibujó siempre con una nariz prominente que sobresalía de un rostro tapado casi en su totalidad por el pelo que caía. Un rostro sin ojos ni mejillas, sólo el pelo y la nariz que descollaba. No estuvo nunca alejada de la realidad aquella caricatura que lograba desternillar de la risa, por lo idéntica a mí, a quien la observara.


Comencé entonces a notar que si andaba en grupos, se disipaba un poco esa figura sin gracia mía y que por el contrario, tenía mayores opciones de vencer mi proverbial miedo ante el sexo opuesto; más aún si mis acompañantes eran guapos y seguros. Y así sucedió. Me hice amigo entonces de Efraín Demetrio, “El Gitano”, que extraía su encanto en la pinta de aquellos legendarios de quienes descendía; de Jorge Meek, por quien las mujeres suspiraban solo al verlo aparecer en el rellano de la puerta; de Álvaro Ahumada, famoso por su irresistible labia para conquistar novias; de Alberto Arias, por sus ojos verdes y su estampa de gladiador romano; de Emilio y Alí Sauda, que conjugaban en un atractivo mosaico la simpatía de cantar, bailar con una alegría inusitada y contagiante y sacarle divertidos chistes a las más comunes cotidianidades.



Asistíamos a cuanta fiesta se nos plantara por delante: quinceañeros, verbenas bailables, grados de bachiller, matrimonios, cumpleaños, etc. Eran épocas felices para mí porque metido entre ellos, empecé a conquistar las primeras novias. Me sentía navegando por ríos de dicha plena, como si siempre tuviera pájaros vivos danzando entre mis manos y avizoraba ilusamente que jamás tendría de que preocuparme en el futuro, mucho menos frente al noviazgo. Sin razón alguna empecé a creerme un “Don Juan” irresistible frente a las muchachas; imaginaba que muchas suspiraban por mí en sus noches y que igual que mis amigos, yo también era el motivo de sus más enamoradas apetencias. Pero no comprendía - ¡Ay de mí! - que todo se debía a una especie de ósmosis entre mis acompañantes y yo y que apenas rozando los 18 años, todos en la vida tenemos el encanto de la juventud.


Un día, mientras observaba en lontananza en la puerta de mi casa, fue mi abuelita Roumalda quien se encargó de limpiar con aparente crueldad ese cristal irreal en el que yo me miraba. Se quedó viéndome con fija atención y con su voz de maestra de escuela curtida en la difícil misión de decir las más perentorias verdades sin que se le moviera una pestaña, me dijo con su acento santandereano suave, afectuoso, nombrándome con el apelativo de mi segundo nombre con el que cariñosamente me llamaba:


-“Foncho…. cuando vos te vayás a casar, casate con una mujer blanca y bonita…..¡porque vos sos negro y feo!”


El mundo comenzó a temblar ante mí, el universo se hundió bajo mis pies, la tierra se abrió irremediablemente en un hueco inmenso, sin final ni paredes y el cristal amañado del espejo en que cándidamente me miraba, se hizo añicos de una vez y para siempre.


Luego dijo, sin la más mínima intención de amortiguar el golpe tan rotundo que me había dado en todo el centro de mi incipiente vanidad, sino como parte de la enseñanza con la cual – lo comprendí después - embelleció por siempre mi vida:


-“Asi Foncho que si pretendés tener algún éxito en la vida, sobre todo con las muchachas, tratá de formarte una personalidad atractiva, simpática; formate un carácter; leé mucho, piensa, escribe..…porque con ese físico…..”.


La última frase se quedó sin terminar y en el aire, mientras ella se alejaba sin más con su leve chancletear internándose en la casa. Fue un dadivoso salvavidas tirado a quien dolorosamente naufragaba en el mar impetuoso de la realidad.Aquel “Don Juan” que yo me creía, se derrumbó estrepitosamente y lo vi convertido en una ruina andante, en un andrajoso impostor a quien un día solicitan salir de una fiesta a la que jamás había sido invitado.


No le contesté nada porque no tenía nada que contestar; en aquel momento no sentí ni rabia ni dolor por sus palabras pues en el fondo entendía que eran lanzadas por su más profundo amor, por la más tierna y afectuosa intención que solo pueden tener los abuelos con sus nietos. Nadie pudo haberme dicho verdad más real y hermosa, ni pudo haberme dado un consejo más sabio y veraz para toda mi existencia.


Desde entonces, he tratado de llevar dignamente la armazón física que me tocó en suerte y de buscar con tesón hacer realidad aquel consejo de mi sabia abuela. Si lo he conseguido o no, no es razón para no haber disfrutado plenamente mi vida ni para no agradecer a aquella milagrosa mujer de quien también provengo, la bendición y la lluvia serena que me prodigó por siempre con sus hermosas palabras.


Guadalajara, Jalisco, Agosto /14.