• Jorge Alfonso Sierra Quintero

Mis anécdotas con Gabo

Por: Jorge Alfonso Sierra Q.

Dos veces en mi vida el azar o un fortuito destino me llevó a cruzarme con uno de los seres humanos por el que he sentido mayor admiración: El escritor colombiano Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez. Aunque en ambas ocasiones fue algo imprevisto, debo confesar que en varios momentos de mi existencia he tenido la inquietante certidumbre de que algo misterioso me lleva en forma irremediable a eventos o situaciones que luego resultan en algo importante en mi vida. No importa qué, pero importante.

La primera ocasión ocurrió en el año 1971. Yo era entonces un adolescente que estudiaba “Mecánica de Aviación”, una carrera técnica recién abierta en el “Sena” de Barranquilla, Colombia. Las instalaciones estaban aproximadamente a un kilómetro del aeropuerto “Ernesto Cortissoz” y por normas internas de esa institución en la que cursaba estudios, se nos estaba prohibido andar o visitar el aeropuerto en horas de clases. Por lo demás, yo nuca había visitado ese sitio.

Pero aquella vez, no sé cómo, ni porqué, hacia allá me dirigí. Insólitamente ese día llegaba con mucha antelación a mis clases por lo que tenía tiempo de sobra. Fui al aeropuerto buscando nada, sin intención de ver algo en específico. Pareció después que un irremediable destino dirigió mis pasos.

Ingresé viendo todo alrededor sin fijarme en ningún objeto. Y de pronto observé un rostro conocidísimo para mí. Era Gabriel García Márquez. Yo estaba al tanto del estremecimiento que para el mundo suscitó la aparición de su novela “Cien años de Soledad”, la que ya había leído, así como también devorado con verdadera fruición unos estupendos reportajes de Juan Gossaín con Gabo publicados en el diario “El espectador”. Lo acompañaba una mujer cuya constante sonrisa y sus lentes oscuros, se me asemejaron a Sofía Loren, la actriz italiana.

Con el corazón palpitándome como un tambor batiente y venciendo decidido mi proverbial timidez, me acerqué a él y sacando una libretica que usaba con pensamientos y algunos números telefónicos, le pedí su autógrafo. Mercedes, su esposa y quien era la mujer que lo acompañaba, sonrió aún más cuando él me dijo con efusividad: “Carajo, ya yo parezco un artista de cine. Todo el mundo me reconoce”. Y me firmó con letra concluyente: “Gamárquez”. Cuando me entregó la libretica, siempre afectuoso, me dijo: “Ahora ponle una orden de pago”.

De la emoción, no detallé en lo anecdótico de su última frase. Muchos años después supe que ese día García Márquez esperaba en el aeropuerto a uno de sus cuatro amigos que aparecen en “Cien años de Soledad”, Álvaro Cepeda Samudio, quien llegaba de Nueva York de uno de sus tratamientos de “leucemia”, la que tiempo después sería la causa de su prematura muerte. De aquel reencuentro, es la foto que aquí reproduzco.




Aquella libretica la perdí nunca supe dónde. Aun la añoro pues creo que García Márquez no volvió a dar autógrafos con esa rúbrica. Quizás era verdad que, con la misma, firmaba sus cheques….

La segunda ocasión en que lo vi, también tuvo como contexto un suceso importante. Fue el 2 de diciembre de 1993, día en que mataron a Pablo Escobar. Regresábamos con el gremio de editores y distribuidores de la “Feria del Libro de Guadalajara”, donde habíamos participado en la misma con la delegación de Colombia, país que ese año fue “Invitado de honor”.

En el avión venían relevantes personajes de la vida artística y política de Colombia, entre otros: El ex M-19 Antonio Navarro Wolf; Ernesto Samper Pizano, quien llegaría a ser Presidente de Colombia años después; Mónica de Greiff, ex - Ministra de Justicia y entonces embajadora en algún país que ya no recuerdo; Nohemí Sanín, ex - Ministra de comunicaciones; el escritor Juan Carlos Botero, hijo del Maestro Fernando Botero; el gran escritor antioqueño Manuel Mejía Vallejo, el otro inmenso escritor Oscar Collazos, quien no podía ocultar su nerviosismo pues temía que de caerse aquel avión, moriría para siempre la literatura y la política de Colombia.

Todos departíamos con whisky en una algarabía propia de aquellos momentos cuando de improviso irrumpió en la cabina turística Gabriel García Márquez, quien dejaba su acomodado asiento en la clase Ejecutiva para compartir con nosotros. Lógico, Gabo avanzaba un metro y allí se quedaba saludando y conversando con todos.

Pasaron varios minutos hasta que lo vi acercarse a la fila donde yo estaba. Como siempre escojo para viajar la silla del pasillo, caí en cuenta que tenía una inmejorable oportunidad de saludarlo de mano. Le dije a Nubia, mi compañera de entonces, que tuviera la cámara de video encendida para cuando ya estuviera cerca. Vestía Gabo de jeans y camisa guayabera.

Al verlo casi enfrente le extendí la mano y le dije sin pensar muy bien las palabras informales con las que me dirigía al Premio Nobel de Literatura: “Oiga viejo Gabo, ¿y cuando sacas tu nuevo libro?”. Me contestó el saludo con la misma afabilidad que recordaba de mi adolescencia y la misma que le estaba viendo hace unos momentos con todo el mundo; la que también le observé en los cientos de videos que he visto de él. Al estrechar su mano, percibí sorprendido que tenía la suavidad de la de un niño y me recordaron las del Maestro Roberto García Peña, a quién saludé una vez en las instalaciones del diario “El Tiempo” de Bogotá.

Hacía poco menos de un año se había suscitado un gran escándalo a nivel mundial pues el mismo Gabo descubrió que “La oveja negra”, la editorial que publicaba sus libros, estaba pirateando los mismos. Por eso me contestó: “No publico hasta cuando no se resuelva el problema que tengo con la editorial de mis obras en América Latina.”. Se detuvo de improviso y me dijo: “Entre otras cosas me acabo de recordar que debo hablar con Moniquita…” (se refería a Mónica de Greiff), y se devolvió por el pasillo.

Creo que muchos me odiaron pues ya Gabo no siguió saludando a los que faltaban.

Como corolario de esta anécdota, al aterrizar en Bogotá nos enteramos de la impactante noticia: habían matado a Pablo Escobar Gaviria. Mónica de Greiff, hija de Gustavo de Greiff, Fiscal de Colombia y enemigo declarado del narcotraficante y éste de él y toda su familia, ya venía con algunos tragos en su cuerpo y al recibir la noticia empezó a llorar con un frenesí inusitado. Pienso que sentía la caída de un gran peso de su cuerpo. Gabo y Mercedes la abrazaron y se fueron por la salida especial para diplomáticos y personajes ilustres.

El video con mi espontáneo saludo a García Márquez existe en un viejo cassette que debo pasar a un DVD. Es un recuerdo que siempre ha tenido una especial relevancia en mi vida.

Guadalajara, Jalisco, Julio del 2018.