• Jorge Alfonso Sierra Quintero

¡Mis hermanos me hicieron Bullying!

A todos mis hermanos


Por: Jorge Alfonso Sierra Q.


Cuando niño, y aun en la pre - adolescencia, recuerdo haber sido tímido, medroso, francamente cobarde. Sentía ataques evidentes de pavor si me tocaba saludar a una niña, tener que bailar, salir a cantar en la escuela en la clase de música, y absoluto terror si me veía en la sola eventualidad de tener que pelear así fuera ante otro con mi misma estatura y peso. Ni se diga si el posible contrincante era un grandulón o un negro ojiblanco. Ahí era pánico, horror y espanto juntos en mi sola y frágil humanidad.


Por añadidura, mi físico era endeble y mis emociones, ante el más mínimo reto o exigencia, me llevaban al precipicio del llanto; para colmo de males, me tocó nacer en el quinto lugar de una familia de 8 hermanos más, 7 de los cuales eran varones. Nada cómodo sin duda alguna. La cosa se complicó cuando los dos mayores eran peleadores dispuestos a lo que fuera en la Barranquilla de entonces. La tercera era nuestra única hermana.


Debido a la precaria situación económica familiar, nos vimos obligados a emigrar de un barrio a otro como gitanos errantes; barrios todos populares, en los que se aprendía a guapear a las buenas o a las malas; la esquina y la calle servían igual de cancha de fútbol como de academia para graduarse de valor; pero a medida que crecía yo percibía que había nacido en la época y en la familia equivocada; ¿por qué no nací en la edad media y haber sido un monje escribano, anacoreta y enclaustrado?



Cuando empecé a salir a la calle a jugar fútbol con “bola de trapo”, comenzaron mis tropelías interiores. La más mínima falta al rival invocaba una pelea segura. El otro te “pechaba”, se quitaba la camisa, te hacía “el paro”, o lo más deshonroso, te tocaba la barba, señal inequívoca que tenías que pelear. No hacerlo era una afrenta a la dignidad humana y ni se diga a la familia entera. Por mí, que se hubieran repartido el mundo, pero para mis hermanos mayores era como si se perdiera la independencia de la República.


La cuestión no tenía esguinces. Cualquier pleito que se suscitara, tuviera el otro el tamaño o edad que tuviera, tenía su contrapartida o su contrincante en nuestra familia. Sentía un alivio feroz cuando el adversario era un poco mayor que yo, porque entonces salía de la casa el hermano que me antecedía en el orden familiar, Oscar, y él se encargaba con un solo puñetazo, de saldar la trifulca. Si eran mucho mayores no había problemas; José y Valentín estaban perennemente velando sus armas y hasta me parecía verlos relamiéndose los labios del puro gusto por tener con quien pelear. Estupefacto y tembloroso, los acompañé una noche, a ellos dos junto a una manada de sonrientes guerreros, a “llevar línea o retos” a otro barrio, no de un partido de fútbol, sino de boxeo. Fue al barrio “El Bosque”, a la mera guarida del temible “Baba” Jiménez, quien luego sería boxeador profesional y aspirante a título mundial. Los imaginé en el Olimpo cuando los vi subir al ring y dichosos, calzarse los guantes para enzarzarse en desordenadas peleas de 3 asaltos con referee aficionado.


Mi calvario era, ¡ay! cuando en la otra orilla había uno calcado para mí. Debía enfrentarme sin más dilaciones al rival. A puño limpio. Y ahí se inició entonces en mi vida lo que muchos años después conocemos como “bullying”. José y Valentín, los dos mayores, y Oscar en muchos otros instantes, me obligaban a hacer frente al contrincante, a levantar las manos, a tirar los puños así fuera cerrando los ojos, y no importa si en mis adoloridas mejillas reventaran golpes como si tuvieran arena con sal.


¿Cuántas veces fui lloroso a tener que hacer frente a un contendiente contra el cual no tenía la más leve discrepancia? No lo recuerdo exactamente, pero si sé que era como si me llevaran esposado y con los ojos vendados al cadalso.


Con todo ello y a medida que el tiempo pasaba, fui comprendiendo que si quería sobrevivir en muchos aspectos de la vida, tenía que superar mi tendencia al llanto fácil, a no querer enfrentarme a las dificultades, a tener la absoluta certeza de que en muchos instantes de mi existencia tendría que encarar la pavorosa realidad de mirar para atrás y ver solo una pared, sin posibilidad de huida ni alternativa de evasión. Y ni siquiera con la eventualidad de poder apoyarme en ella.


Así arrimé a la adolescencia. Ya entrenado y curtido a fuerza por la imposición de mis hermanos, me atreví a ir a buscar equipos de fútbol en otros barrios lejos del mío, a bailar, a conseguirme la primera novia pasados los 16 años, a ir a verbenas bailables con solo uno o dos de mis amigos, lejos de nuestro hábitat, a tratar de conquistar noviecitas en barrios distantes aunque eso implicara la inquina de muchos que nos veían como usurpadores de sus justos terrenos femeninos; varias veces caímos en cuenta que no teníamos la más mínima posibilidad de salir indemne si se suscitara alguna riña, pero una mano noble y generosa que nunca supimos de donde salía, nos mantuvo a flote y con vida; a “llevar línea de fútbol” sin temor, sabiendo que habría trifulca colectiva al final y que nunca ganaríamos; a meterme en peleas inverosímiles donde estuvieran mis amigos. No fueron muchas al final, la verdad, pero con eso en aquel tiempo sentía que conquistaba el Everest.


¡Cuánto agradezco entonces hoy a todos mis hermanos el “bullying” que me hicieron cuando niño! ¡Cuánto bendigo sus burlas hacia mí, las tantas veces que me hicieron llorar con sus frases hirientes y afrentosas por ser tan pusilánime! Visto todo eso en el cine editado de mi mente, comprendo que fue lo mejor que me pudo haber pasado: tener esa cantidad de hermanos que me antecedían y que me hayan despertado así fuera tan duramente a la vida. Ellos, por alguna circunstancia, llegaron provistos de un arsenal que les permitió su supervivencia y de paso, no importa, constriñéndome, lograron que yo lo hiciera con la mía.


Sin ese “bullying” de mis hermanos que me endureció el carácter, que me sacó de mi pusilanimidad, que me enseñó que al final de la vida lo único cierto es haberse atrevido y a intentar, ¿Qué hubiese sido de mí?


Oigo a lo lejos cantar a Mercedes Sosa el hermoso poema “Gracias a la Vida”, que Violeta Parra compuso mientras en forma insólita le tocaba dormir - por no tener un cuartito donde guarecerse- en las calles de Paris con papel periódicos encima para protegerse del frío. Una bella metáfora que nos enseña que de toda circunstancia en la vida, por dura que haya sido o sea, podemos extraer gratificantes enseñanzas. La parodio: “Gracias a la vida que me dio tanto con los hermanos que tuve”. Y sonrío feliz.


Guadalajara, México, 2014.