• Jorge Alfonso Sierra Quintero

Mis secretos de escritor: Gabriel García Márquez

Comenzaré diciendo que yo me hice escritor, empecé a escribir por casualidad, solo para demostrarle a un amigo que mi generación era capaz de tener escritores. Porque la verdad es que yo no escribo para el aplauso de los críticos ni para la voracidad de los lectores. Escribo para contarles cosas a mis amigos y para que ellos me quieran más.

Pero aunque digo que no escribo para la voracidad de los lectores, sí me gusta mucho recibir preguntas directamente de ellos acerca de mis libros, pues ahí se manifiesta un deseo de participación del lector en la creación del libro, lo cual es uno de los sueños de todo escritor. Por supuesto, a veces no son preguntas sino comentarios, y no comentarios favorables precisamente, pero uno no escribe libros para que tengan comentarios favorables sino para que tengan comentarios sinceros.

Y es que al final yo siempre me he negado a convertirme en un espectáculo. Y esto que lo sepan bien los escritores que nunca han vendido mas de 100 ó 500 ejemplares, o que están comenzando, quienes a veces creen que solo es un buen escritor quien vende mucho y no es así. Yo publiqué, antes de “Cien años de Soledad”, cuatro libros en quince años, de los cuales se vendieron en total unos 5 mil ejemplares y, sin embargo, seguí escribiendo. Y te repito, detesto la televisión, los congresos de escritores, las conferencias, la vida intelectual.

¿MIS INFLUENCIAS?


Antes de dedicarme propiamente a la literatura fui reportero, que para mí es el trabajo más bello y fascinante del mundo. De ese trabajo aprendí, no el lenguaje económico y directo, como han dicho algunos críticos, sino ciertos recursos legítimos para que los lectores crean la historia que les cuento. Tú sabes que a un escritor le está permitido todo, siempre que sea capaz de hacerlo creer. Eso, en general, se logra mejor con el auxilio de ciertas técnicas periodísticas, mediante el apoyo en elementos de la realidad inmediata. Yo estoy convencido de que un lector de “Cien años de soledad” no creería en la subida al cielo de Remedios, la bella, si no fuera por las sábanas blancas. El padre Nicanor Reyna se eleva diez centímetros sobre el nivel del suelo, porque lo que se toma es una taza de chocolate. Piensa en cualquier otra bebida y verás que no sube. Esas precisiones convincentes, creo yo, son recursos de periodista.

Ahora, fíjate lo que me pasó con el cine. Yo siempre creí que el cine, con su tremendo poder visual, era el medio de expresión perfecto. Todos mis libros anteriores a “Cien años de Soledad” están entorpecidos por esa incertidumbre. Hay un inmoderado afán de visualización de los personajes y las escenas, una relación milimétrica de los tiempos del diálogo y la acción, y hasta una obsesión por señalar los puntos de vista y el encuadre. Trabajando para el cine, sin embargo, no sólo me di cuenta de lo que se podía hacer, sino también de lo que no se podía; me pareció que el predominio de la imagen sobre otros elementos narrativos era ciertamente una ventaja, pero también una limitación, y todo aquello fue para mí un hallazgo deslumbrante, porque sólo entonces tomé conciencia de que las posibilidades de la novela son limitadas. En ese sentido, mi experiencia ha ensanchado, de una manera insospechada, mis perspectivas de novelista.

Si hablamos de las influencias propiamente literarias yo solo digo esto: “un escritor que sabe lo que hace procura no parecerse a nadie más y más bien trata de eludir que de imitar a sus autores favoritos”. Y en mi caso personal yo no tengo autores favoritos sino libros que me gustan más que otros, y estos no son los mismos todos los días; además, no me gustan porque los crea mejores, sino por razones muy diversas y siempre difíciles de precisar. Fíjate que hay períodos en que las novelas en general me aburren, y hasta pueda que pasen años en que lea sólo crónicas de navegantes, por ejemplo, o biografías pero esto no quiere decir que sea así siempre.

LOS CRÍTICOS Y LOS QUE RECOMIENDAN QUÉ LEER

Para mí los críticos son hombres serios y la seriedad dejó de interesarme hace mucho tiempo. Más bien me divierte verlos patinando en la oscuridad. Mi conclusión es que ningún crítico podrá transmitir a sus lectores una visión real de ninguno de mis libros, y creo que los de ningún otro autor, mientras no renuncie a su caparazón de pontífice. Porque hay una realidad: Todas mis novelas, y más “Cien años de Soledad”, carecen por completo de seriedad. Cuando escribí “Cien años de Soledad” lo hice a conciencia, aburrido de tantos relatos pedantes, de tantos cuentos provinciales, de tantas novelas que no tratan de contar una historia sino de tumbar a un gobierno; cansado, en fin, de que los escritores fuéramos tan serios e importantes. Esa misma seriedad doctoral nos ha obligado a eludir la sensiblería, el melodramatismo, lo cursi, la mistificación moral y otras tantas cosas que son verdad en nuestra vida y no se atreven a serlo en nuestra literatura. Fíjate que después de tantos años de esa literatura empedrada de buenas intenciones, no se logró con ella tumbar a ningún gobierno y, en cambio, se invadieron las librerías de novelas ilegibles y se cayó en algo que ningún escritor ni ningún político se pueden perdonar: se perdió el público. Te aseguro que con una noción menos arrogante del oficio de escribir, se recupera ese público.

A los que se sienten obligados, de buena fe, por supuesto, a señalar normas para escribir novelas y relatos, quisiera hacerles ver que esas normas limitan la libertad de creación y que todo lo que limita la libertad de creación es reaccionario. Quisiera recordarles, en fin, que una hermosa novela de amor no traiciona a nadie ni mata las conciencias ni retrasa la marcha del mundo, porque toda obra de arte contribuye al progreso de la humanidad.

Escucha esta anécdota que está perfectamente entrelazada entre esas admoniciones para que se escriba de cierta manera o de ciertos temas y lo que al final también se pretende que la gente lea: un maestro de literatura le advirtió alguna vez a la hija menor de un gran amigo mío que su examen final versaría sobre “Cien años de Soledad”. La chica se asustó, con toda razón, no sólo porque no había leído el libro, sino porque estaba pendiente de otras materias más graves. Por fortuna, su padre tiene una formación literaria muy seria y un instinto poético como pocos, y la sometió a una preparación tan intensa que, sin duda, llegó al examen mejor armada que su maestro. Sin embargo, éste le hizo una pregunta imprevista: ¿Qué significa la letra al revés en el título de “Cien años de soledad”? Se refería a la edición de Buenos Aires, cuya portada fue hecha por el pintor Vicente Rojo con una letra invertida, porque así se lo indicó su absoluta y soberana inspiración. La chica, por supuesto, no supo qué contestar. Vicente Rojo me dijo cuando se lo conté que tampoco él lo hubiera sabido.

Ese mismo año, mi hijo Gonzalo tuvo que contestar un cuestionario de literatura elaborado en Londres para un examen de admisión. Una de las preguntas pretendía establecer cuál era el símbolo del gallo en “El coronel no tiene quien le escriba”. Gonzalo, que conoce muy bien el estilo de su casa, no pudo resistir la tentación de tomarle el pelo a aquel sabio remoto, y contestó: “Es el gallo de los huevos de oro”. Más tarde supimos que quien obtuvo la mejor nota fue el alumno que contestó, como se lo había enseñado el maestro, que el gallo del coronel era el símbolo de la fuerza popular reprimida. Cuando lo supe me alegré una vez más de mi buena estrella política, pues el final que yo había pensado para ese libro, y que cambié a última hora, era que el coronel le torciera el pescuezo al gallo e hiciera con él una sopa de protesta.

Desde hace años colecciono estas perlas con que los malos maestros de literatura pervierten a los niños. Conozco a uno de muy buena fe para quien la abuela desalmada, gorda y voraz, que explota a la cándida Eréndira para cobrarse una deuda es el símbolo del capitalismo insaciable. Un maestro católico enseñaba que la subida al cielo de Remedios la Bella era una transposición poética de la ascensión en cuerpo y alma de la virgen María. Otro dictó una clase completa sobre Herbert, un personaje de algún cuento mío que le resuelve problemas a todo el mundo y reparte dinero a manos llenas. “Es una hermosa metáfora de Dios”, dijo el maestro.

QUÉ PENSAR EN EL MOMENTO DE ESCRIBIR

Jorge Luis Borges dijo en una entrevista que el problema de los jóvenes escritores de entonces era que en el momento de escribir pensaban en el éxito o en el fracaso. En cambio, cuando él estaba en sus comienzos sólo pensaba en escribir para sí mismo. “Cuando publiqué mi primer libro”, contaba, “en 1923, hice imprimir trescientos ejemplares y los distribuí entre mis amigos, salvo cien ejemplares, que llevé a la revista Nosotros”. Uno de los directores de la publicación, Alfredo Bianchi, miró aterrado a Borges y le dijo: “¿Pero usted quiere que yo venda todos esos libros?”. “Claro que no”, le contestó Borges, “a pesar de haberlos escrito no estoy completamente loco”.

De un modo o de otro, les he dicho lo mismo a tantos escritores jóvenes que encuentro por esos mundos. No a todos, por fortuna, los he visto tratando de terminar una novela a la topa tolondra para llegar a tiempo a un concurso. Los he visto precipitándose en abismo de desmoralización por una crítica adversa, o por el rechazo de sus originales en una casa editorial. Alguna vez le oí decir a Vargas Llosa una frase que me desconcertó de entrada: “En el momento de sentarse a escribir, todo escritor decide si va a ser un buen escritor o un mal escritor”. Sin embargo, varios años después llegó a mi casa en México un muchacho de veintitrés años, que había publicado su primera novela seis años antes y que aquella noche se sentía triunfante porque acababa de entregar al editor su segunda novela. Le expresé mi perplejidad por la prisa que llevaba en su prematura carrera, y él me contestó con un cinismo que todavía quiero recordar como involuntario: “Es que tú tienes que pensar mucho antes de escribir porque todo el mundo está pendiente de lo que escribes. En cambio, yo puedo escribir muy rápido, porque muy poca gente me lee”. Entonces entendí, como una revelación deslumbrante, la frase de Vargas Llosa: aquel muchacho había decidido ser un mal escritor, como en efecto, lo fue hasta que consiguió un buen empleo en una empresa de automóviles usados, y no volvió a perder el tiempo escribiendo.

Te comento algo más: Tú sabes que yo tardé cinco años en encontrar editor para mi primera novela, que fue “La hojarasca”. La mandé a la Editorial Losada y me la devolvieron con una carta de Guillermo de Torre en la que éste decía que yo no estaba dotado para escribir y que haría mejor en dedicarme a otra cosa. Eso fue para mí un golpe muy duro. Si mi vocación de escritor no hubiera sido tan intensa, habría abandonado para siempre la literatura.

LOS PERSONAJES Y LOS LUGARES DE MIS LIBROS

Existe una tendencia generalizada de que los lectores lo identifiquen a uno con los personajes de sus novelas, igual que al actor lo tratan de identificar con los personajes que interpreta. Y yo te digo que no me siento identificado con ninguno de los personajes de mis libros, o te diría que me siento identificado con todos. El problema es que el escritor no tiene una relación de identificación con sus personajes, sino una relación de compasión. Ninguno de los personajes es para mí un personaje ideal, por eso son personajes que yo consideré válidos para escribir una novela.

Un personaje no es en ningún caso un símbolo, ni un paradigma, ni el reflejo fiel de una persona que uno ha conocido; cada personaje es una especie de colcha de retazos, de muchos personajes que uno ha conocido en la vida; de personajes con pedazos de personajes que uno hubiera querido ser, de personajes que uno nunca fue, de gente a quien uno hubiera querido conocer, de gente que se recuerda con una inmensa gratitud. De eso, como se arma un rompecabezas con pedazos de espejos, surgen los personajes que tienen la nariz de uno, la boca de otro, los ojos de otro, el carácter de otro…y al final uno mismo no alcanza a reconocerlo, es absolutamente imposible que el autor se identifique con uno de ellos. Lo que sí resulta sorprendente y es algo que nos maravilla y nos llena de intrigas a los autores de novelas, es cómo es posible que con semejante popurrí de seres humanos que es cada personaje, se descubre de pronto que un lector se identifique con alguno de ellos. Ese es uno de los grandes misterios de la literatura.

Igual pasa con los lugares o las ciudades en donde transcurren mis novelas. Son una especie de colcha de retazos que une varias ciudades y pueblos de la Costa Caribe de Colombia. Pero no es ninguna en sí misma.

EL MARKETING DE LOS LIBROS Y LA POPULARIZACIÓN DE LA LITERATURA

Tú me preguntas si mis libros se venden por Marketing o por el editor, o por la calidad de los mismos, y esa es una ventolera de no sé cuántos despistados que andan por allí, porque en realidad un libro lo compran y lo popularizan los lectores. Ni el editor, ni el librero, pueden obligar a la gente a que compren un libro. Un libro lo vende el escritor. Punto.

Te cuento más: esa cantidad de gente seria que quiere darle aires pontificales al libro y a la literatura, dice también que si un libro se expende en un supermercado o en una frutería, se está llegando a un grado de comercialización tal, que envilece el carácter cultural que se le debe dar al libro, o sea, que es una exageración intentar que un libro de literatura se pueda asimilar a cualquier revista de las que pululan en el mercado. Y yo les digo: esa idea de que vender libros en los supermercados envilece la cultura no es cierto pues la verdad es que la cultura no se envilece en ningún lugar en que esté, al contrario, la cultura purifica los lugares envilecidos.

Insisto: mis libros no los han popularizado quienes los vendieron, sino quienes los compraron. Un editor, por mucho esfuerzo que haga, no puede vender en esas proporciones tan grandes un libro que el lector no quiere leer; entonces tengo que decirte que estoy totalmente de acuerdo con que los libros salgan de las librerías y entren a los supermercados y se vendan con las lechugas y con los rábanos y con las revistas populares. Esta es una idea que traigo desde hace mucho tiempo contra muchos de mis amigos intelectuales que tienden a la sacralización del libro pensando que solamente debe venderse en templos donde sólo se atreven a entrar los iniciados.

Lo que se ha tratado de hacer con mis libros y se está tratando de hacer con los libros en general en el mundo, es que quienes salen a comprar la comida, compren también, - no como si fuera una joya, sino como si fuera un alimento de cada día-, los libros que aparecen al mismo tiempo que las lechugas y las remolachas.

Yo siempre he dicho que mis libros yo los vendo desde la máquina de escribir. Y te voy a contar esta anécdota cierta, de cuando se publicó por primera vez “Cien años de soledad” y yo era un perfecto desconocido en todo el mundo.

Eso fue una especie de explosión que tomó de sorpresa a los editores y a los expertos en mercado. Así, cuando la editorial Suramericana recibió los originales de “Cien años de Soledad” me escribieron en unos términos absolutamente desproporcionados, felices de tener este libro, hasta el punto que estaban dispuestos a correr una aventura que, en ese momento, parecía descabellada; iban a hacer una primera edición de ¡8 mil ejemplares! Ellos me dicen: vamos a hacer una primera edición de 8.000 ejemplares porque el libro es extraordinario. Entonces yo me asusté, es decir, me preocupé por ellos, les dije “se van a clavar con estos ejemplares”. Ellos dijeron “no porque el libro es muy bueno y estamos seguros de que se va a vender”. Entonces, para asegurarnos más, ellos dijeron de hacer un lanzamiento espectacular que se planeó en esta forma: la revista Primera Plana de Buenos Aires mandó un redactor a México quien me hizo un reportaje muy completo de cómo vivía, de cómo había escrito el libro; hablaba de mis libros anteriores, tomaba fotos de la casa, de los niños, de todo.

Se preparó una portada a todo color para que la revista Primera Plana saliera con esto en la misma semana que salía “ Cien años de Soledad” en Buenos Aires.

En el instante en que el libro salió a la calle, estalló la Guerra del Medio Oriente. Entonces hubo que cambiar rápidamente la portada de Primera Plana y se aplazó la portada de mi libro para la semana siguiente.

La semana siguiente, cuando la revista salió, ya no quedaba ni un sólo ejemplar de los 8.000. Se habían vendido todos a la entrada del metro de Buenos Aires.

Te lo cuento así, minuciosamente, porque esto demuestra que el lanzamiento que ellos prepararon no sirvió para nada. Ellos se desconcertaron y se encontraron con un problema: Habían calculado que los 8.000 ejemplares, por muy mal que fuera, los vendían de mayo a diciembre. Por eso no se prepararon ni con más cupos de imprenta ni con más papel y ocho días después de salida la primera edición se encontraron con que no tenían ni papel ni imprenta para hacer la segunda edición. Y es histórico, hay dos meses después de la primera edición en que se está hablando del libro en toda América Latina y no se ha podido sacar una segunda edición. En la segunda edición, sacaron 10.000 ejemplares, pero México estaba ya pidiendo 20.000.

Por eso te repito. Yo he hecho todo lo posible, además, por eludir y por fugarme de todos los sistemas de la sociedad de consumo. Nunca he firmado ejemplares en librerías, nunca he asistido a un cocktail, nunca he ido a un congreso de escritores. Nunca he hecho absolutamente nada por vender un libro más. Te repito: yo creo que el autor vende su libro en la máquina de escribir.

A mí me parece estupendo que me lean sin complejos intelectuales, que la gente aprenda a perderle el respeto a la literatura. En realidad, todavía quedan demasiados rastros de cuando la cultura era un patrimonio oculto de aristócratas y hechiceros. Se nota hasta en la atmósfera de panteón de las librerías, donde nadie habla en voz alta, ni pisa fuerte, y donde no se atreve a entrar nadie que no sea un iniciado. Otra sería la suerte de la humanidad si todo el mundo supiera que El Quijote o Gargantúa, por ejemplo, no son esos aparatos sagrados de que hablan los pontífices, sino que son dos libracos muy divertidos con los que todo el mundo puede morirse de la risa sin necesidad de saber latín.

MIS MÉTODOS DE TRABAJO

Te confieso una cosa. Yo nunca tomo notas para escribir una novela o un cuento, salvo apuntes del trabajo diario, porque tengo la experiencia de que cuando se toman notas uno termina pensando para las notas y no para el libro.

No me interesa una idea que no resista muchos años de abandono. Si es buena y resiste varios años no me queda más remedio que escribirla. Entonces la he pensado durante tanto tiempo, que puedo contarla muchas veces, al derecho y al revés, como si fuera un libro que ya he leído. El problema más duro es escribir el primer párrafo. Puede que cueste muchos meses, e inclusive muchos años, hasta tenerlo como debe ser. Sólo cuando está escrito el primer párrafo se puede decidir, en definitiva, si la historia tiene porvenir, y se sabe cuál ha de ser su estilo y su longitud, y el tiempo que costará escribirla.

Y aquí entra la disciplina, pues yo escribo todos los días, inclusive los domingos, de nueve de la mañana a tres de la tarde, en un cuarto sin ruidos y con buena calefacción, porque lo único que me perturba son las voces y el frío. Escribo con un overol de mecánico, en parte porque es más cómodo y en parte porque cuando no encuentro las soluciones en el computador y tengo que levantarme y pensar, armo y desarmo con un destornillador las cerraduras y las conexiones eléctricas de la casa, o pinto las puertas de colores alegres.

Pero fíjate que no es una disciplina militar, ortodoxa, en la que la imaginación, la creatividad o la inspiración, digamos, no exista sino que cuando se quiere escribir algo se establece una especie de tensión recíproca entre uno y el tema, de modo que uno atiza el tema y el tema lo atiza a uno. Hay un momento en que esa relación alcanza un punto ardiente en que todos los obstáculos se derrumban solos, los conflictos se apartan, y a uno se le ocurren cosas que no había soñado, y entonces no hay en la vida nada mejor que escribir. Esto es lo que se conoce como inspiración. Los románticos desprestigiaron la palabra, pero la situación es real, no como estado de gracia ni como soplo divino, sino por una reconciliación con el tema a fuerza de tenacidad y dominio. Cuando siento que declina esa relación intensa con lo que estoy escribiendo, entonces vuelvo a reconsiderar todo desde el principio. Entonces puede que suspenda deliberadamente el trabajo por semanas, meses y ¡aún por años!

¿Qué cuánto avanzo cada día? Si escribo un cuento, me siento satisfecho de avanzar una línea por día. Si es una novela, trato de avanzar una página. En términos generales, el trabajo es más fluido a medida que se avanza y el rendimiento es mayor. Por eso la novela es más hospitalaria que el cuento: sólo hay que empezar una vez, en tanto que empezar cada cuento cuesta tanto trabajo como empezar una novela completa. Hay ocasiones en que podría escribir más, pero sé que al día siguiente, habiendo descansado bien, las cosas saldrán mejor. Durante el tiempo que dura el trabajo, no hay un solo minuto del día o de la noche en que piense en otra cosa. Siempre hablo de lo mismo, con mis amigos más íntimos y comprensivos, pero no les leo una sola línea, ni permito que la lean, ni que toquen mis borradores, porque tengo la superstición de que el trabajo se pierde para siempre.

Ahora, fíjate una cosa. Cuando comienzo a escribir una narración nunca tengo un esquema de su desarrollo y desenlace, como otros escritores, sino que lo mío es siempre una imagen simple. Todo el argumento de “La siesta del martes”, que considero mi mejor cuento, surgió de la visión de una mujer y una niña vestidas de negro, con un paraguas negro, caminando bajo el sol abrasante de un pueblo desierto. La complicada historia de “La hojarasca” surgió del recuerdo de mí mismo, cuando era muy niño, sentado en una silla en un rincón de la sala. De “El coronel no tiene quien le escriba” lo primero que vi fue al hombre, contemplando las barcas en el mercado de pescados de Barranquilla; muchos años después, en París, me identifiqué con el recuerdo de aquel hombre: entonces comprendí lo que sentía mientras esperaba. Durante muchos años, lo único que sabía de “Cien años de soledad” era que un viejo llevaba a un niño a conocer el hielo, exhibido como curiosidad de circo. De “El otoño del Patriarca”, la única imagen que tuve durante muchos años fue la de un hombre inconcebiblemente viejo que se paseaba por los inmensos salones abandonados de un palacio lleno de animales. Esas imágenes originales, para mí, son lo único importante: lo demás es puro trabajo de burro.

MIS LECTURAS PREFERIDAS

Primero digamos que detesto los libros de moda. Y si yo no hubiera escrito mis libros, tampoco los hubiera leído. Siempre leo los libros que me impresionaron desde los primeros tiempos: selecciones de Joseph Conrad, algo de Faulkner y mucho de Graham Greene, un verdadero maestro en cuanto enseña el oficio de escribir. Saint Exupéry es otro de mis preferidos, y creo que “La Guerra y la Paz”, de Tolstoi, es la mejor novela que se ha escrito. Pero te advierto, hay pocos volúmenes que me gusta releer y no son los mismos todas las épocas. Leo muchos libros que no se distinguen por su importancia literaria sino documental: memorias de secretarias y secretarios de personajes célebres, aunque sean mentiras, y excepcionalmente, “Papillón”, un libro apasionante sin ningún valor literario. Debió ser reescrito por alguien que es muy buen escritor, según se observa por los trucos que emplea, pero a quien le interesaba crear la sensación de que el libro era de un principiante.