• Jorge Alfonso Sierra Quintero

Personaje de mal destino

Por: Jorge Alfonso Sierra Q.


La calle donde vivimos en el barrio “La ceiba”, en Barranquilla, se ve de pronto agitada por el arribo de una cuadrilla de hombres de semblante intimidante, a quienes comanda el turbio Napoleón, más conocido como “El Napo”.

Cuando llega, todos los chiquillos nos alegramos. En pocos minutos nos tirará monedas al aire para que nos lancemos en tropel al piso, tratando de acumular lo que más podamos. En ese frenesí en que se convierte aquello, puede haber encontronazos y peleas, y eso divierte al Napo.


Se sienta en la tienda de Evaristo, que queda en la esquina. Rodeado por sus personajes, se hace sacar mesas y sillas para todos ellos, hasta abarcar el sardinel completo. A Napo el oro le brilla en el pecho, los dedos y en algunos dientes. Nadie más puede llegar a tomar allí este día, así sea una simple cerveza.


En el traganíquel de la tienda sólo sonará la música que él escoja. Hay una melodía con una letra que lamenta la entrega del amor a una mujer, cuyo título es “El crucificado”, cantada por Memo Morales con la “Billo´s Caracas Boys”.


Napo incrusta decenas de monedas para que la canción se repita sin cesar muchas veces, pero nadie se osa a decirle nada. Tal vez, como todo corazón, el de él ahora sufre, pero su orgullo y su soberbia no permitirán que lo exprese libremente.


Cualquiera de sus decisiones, por absurdas o inverosímiles que parezcan, no pueden ser confrontadas por ninguno de sus acompañantes, menos por alguien extraño. Hacerlo sería exponerse a su furia con consecuencias impredecibles. Así se percibe en el ambiente. Sus hombres y él consumen grandes cantidades de licor y de cervezas, y hablan y ríen entre ellos en voz baja. A veces estallan en sonoras carcajadas.


Napo es un hombre joven, que ronda los treinta y cinco años. De gélida mirada, parece un recipiente vacío de recuerdos y carente de afectos en sus relaciones humanas. Entre él y la temeridad se infiere la existencia de un puente que los une en esta vida.


Su nombre está precedido de una fama que, al comienzo, era de admiración para todos, pero luego nuestros padres nos advirtieron, con fuertes admoniciones y regaños, que las acciones que se le atribuían al Napo no debían ser motivo de fascinación para nadie.


Él era en realidad un desafiante y peligroso atracador de bancos, a quien se le atribuía poseer el pulso de un avezado “francotirador”, pues había hecho pactos con el diablo. Enfrentado muchas veces a varios contrincantes a la vez, nunca habían podido herirlo siquiera. Otros decían que una suerte inexplicable le había otorgado la oportunidad de conocer desde muy joven a un bandido desconocido y extraño, quien le legó esa rapidez con que manejaba las armas de fuego.


Cuando desaparecía, era porque estaba planeando algún golpe en cualquier sitio de la ciudad. Cuando llegaba, era para celebrar otro robo que había consumado. Por momentos parecía estar abrazado por la muerte, protegido por ella, pero no se podía predecir en qué momento se le torcería el destino.


Su ferocidad quedó patente de la forma más dramática una noche en “La Gardenia Azul”, el más glamoroso burdel de aquella época.


Napoleón se había convertido en el amante oficial de la más hermosa y exuberante “estriptisera” que se presentaba en aquel sitio, Clelia Bonnet. En razón de su oficio y mientras presentaba su baile, ella coqueteaba con los asistentes.


En esa ocasión, al darse cuenta Napo de su galanteo con un marinero, enloqueció de celos, y barrió furibundo con su brazo los vasos y botellas que tenía en su mesa, los que cayeron al piso en un estrepitoso repiquetear que superó con su ruido el sonido de la música que acompañaba el acto.


Sacó de la pretina de su pantalón un largo revólver y le colocó la punta de su frío cañón en la frente de la aterrorizada Clelia. Los ojos del ardoroso amante hervían de furia y su respirar agitado presagiaba lo peor.


Cuando todos esperaban el sonar del balazo que le descerraría los sesos a la infortunada mujer, el Napo volteó el revólver y tomándolo por donde apenas unos segundos antes pudo haber salido la mortal munición, le asestó un brutal cachazo en la cabeza, dejándola desgonzada y sangrante sobre la mesa del bar. Mientras el ambiente completo enmudecía de terror, él pausado se retiraba con la pistola en la mano. Miró con desprecio a la desdichada y le gritó con rencor: “¡Puta! ¡No te mato porque no vales una bala!”.


Así era el Napo. Para él una bala valía más que la vida de un ser humano.


Otra vez se pasó dos noches con sus días en el “Follies Grill”, rodeado de bellas cabareteras. Como a las tres de la tarde de la segunda jornada, sorprendió proponiendo una apuesta insólita con alguno de los dueños de ese bar: que aún en el estado de ebriedad en que se hallaba, él era capaz de partir, con un sólo disparo, una botella que pondrían en el piso de una pared ubicada a unos 70 metros de distancia.


Napoleón se quitó toda su vestimenta y quedó sólo en medias y ropa interior. Los chicos que merodeábamos por allí, siempre a la espera de que aquel señor saliera a tirarnos monedas para recoger, nos ubicamos en un sitio estratégico, agachados, desde donde podíamos verlo, parado en la mitad del bar, disparando su revólver.


Falló el primer disparo con una sola mano. Falló el segundo y el tercero. Ya había perdido la apuesta, pero quizás su orgullo de matón de bajos fondos, lo incitó a probar con ambas manos y acertar al menos una vez.


Realizó cinco, seis, siete intentos más, todos malogrados. Napoleón se desplomó en una silla. Por primera la vida lo expuso con su humanidad entera deslucida y el semblante de la derrota.


Poco menos de un mes después de aquella escena, vimos su rostro recostado contra el piso y su cuerpo sangrante, en la primera plana de “El Nacional”, el diario vespertino de la ciudad. Había sido acribillado por la policía, cuando por veinteava ocasión se enfrentó a las fuerzas del orden luego de asaltar un banco.


Perdido su pulso, jalonado por su destino, ya no fue posible retrasar indefinidamente su suerte.


Guadalajara, Jalisco, julio del 2020