• Jorge Alfonso Sierra Quintero

Romper el optimismo

Por: Jorge Alfonso Sierra Q.


Aunque nunca habíamos oído hablar de ella, un día, intempestivamente, llegó a vivir con nosotros.


La tía Ubaldina era flaca, alta, y vestía de un negro riguroso. Llevaba un luto que jamás supimos de donde provenía. Un cuervo negro parecía estar siempre sobre su hombro derecho y niño al fin, me generaba temor el solo verla.


Para dirigirse a cualquiera, parecía que lo gritaba. Lo cierto es que la tía Ubaldina a cada instante regañaba.


Me caía mal la tía Hilda, porque nunca confiaba en uno, muy distinta a nuestra madre, quien tenía una fe ciega, insólitamente ciega en que, todos sus hijos, eran los más inteligentes y brillantes de la Escuela. Que siempre ganaríamos diplomas y medallas. Y como por arte de magia, así sucedía.


Pero la tía Ubaldina era todo lo contrario. Desde que llegó, yo sentí que algo dentro de mí se resquebrajaba. Mi confianza, mi seguridad de que jamás perdería un examen y menos que reprobaría un año de estudios, se empezaron a hacer trizas.


Si yo estaba estudiando para el examen de historia, ella se plantaba frente a mí y con el rostro más adusto que se pueda uno imaginar, me interrumpía, me quitaba de un manotazo el libro o el cuaderno en que lo hacía, diciéndome:


-“A ver jovencito, ¿Dónde es que nace el río Éufrates? A ver, rápido, no se quede como un bobo ahí, pensando”. O, “Me va a decir la tabla de multiplicar del 8 pero en 15 segundos”.


Entonces yo me paralizaba. No me salían palabras de la boca, el estómago empezaba a dolerme, la mente se me nublaba.


-“¿Lo ve? ¡No ha estado estudiando!”


Y se dirigía a mi madre: “¿Te fijas? Este no hace más que comerse las uñas, y ponerse a pensar en no sé qué tonterías”.


Mi madre, para apaciguarla, le decía con palabras conciliadoras.


-“No Ubaldina, déjalo tranquilo. Él así aprende”.


-“¿Lo ves? Tú lo que eres es una alcahueta. Te vas a arrepentir. ¡Tus hijos nunca van a servir para nada!”.


Pero la fe en nosotros de nuestra madre nunca aceptó cuestionamientos. Era sólida y fuerte como una roca.


Un día la tía Ubaldina desapareció tan súbitamente como había llegado.

Nunca sus agoreras predicciones se hicieron realidad.


Cuando se marchó, celebramos con mis otros hermanos comiendo guayabas en el patio de la casa.


Guadalajara, jalisco, junio del 2020