• Jorge Alfonso Sierra Quintero

Todo lo que sé lo aprendí jugando en la calle

Por: Jorge Alfonso Sierra Q


Aún me cuesta imaginar que aquel que yo fui, sea el de hoy. Me recuerdo con la timidez que me asaltaba, con aquella noche siempre oscura por encima de mí, sin faroles que me orientaran y con el temor de ser descubierto en mis miedos y angustias. Aun habiendo llegado a mis escasos nueve años, no poseía los recursos emocionales que me permitieran sortear un día de mi vida sin asustarme.


Hasta que un año después, un amanecer en que amainó la lluvia, hallé el fútbol, y con él la esquina, los amigos, los otros juegos que me permitieron aprender cómo vivir con sobresaltos, pero sin lamentos.


Muchas veces he agradecido la buena estrella que me ha acompañado en la existencia, y hoy, lo reconozco, es la de haber vivido mi adolescencia en un tiempo que no fue el de hoy, cuando éramos dueños de tanta arena y de tanto sol que besaba nuestros cuerpos y las calles en las que jugábamos. La libertad viajaba con nosotros pegadita a la piel, así algunas escapadas que sobrepasaban los límites de tiempo impuesto por nuestra madre, nos hicieran lamentarnos de ello.


Otra de mis fortunas fue también haber tenido el padre que tuve.


Sin él no hubiese sido posible que mi madre y mi abuela entendieran el valor del juego libre, ese que se realiza en la calle, donde se aprende a desarrollar tantas habilidades sociales imprescindibles para vivir la vida con gratitud y armonía.


Mi madre, hija única con un solo hermano varón el que jamás practicó deporte alguno, tenía razones para desconocer el mundo del juego para los niños. Por eso, nuestro padre fue una bendición. Amaba sobre todo el béisbol, y fue el encargado de con paciencia y amor, explicarle a ella lo esencial que era el concedernos salir a disfrutar cualquier recreación.


Cuando él no estaba, parece que la jefa de la casa olvidaba sus admoniciones y entonces nos regañaba y pegaba por todo aquello, y lo hacía con una chancla cuyos ardores en mis piernas aun puedo evocar en mi memoria.


Pero en el juego libre estuvo todo. Allí aprendí a deshacerme de mis miedos, a ser independiente, a atreverme con la primera novia, a bailar y a saber qué hacer con tanta libertad con la que mis padres ya al final me daban. Algunas tibias mañanas, acompañado de mi nostalgia, he salido a buscar a esa mi vida de entonces, sin hallarla, es cierto, pero sintiendo el frescor que da el recuerdo de la felicidad vivida.



De ningún juego aprendí sus reglas en un club organizado como los de hoy en día, y menos con la presencia de un adulto. Se me desgarran los sentimientos cuando veo a los niños y jóvenes ahora asistir con sus padres a clubes de futbol, béisbol o taekuondo, con sus impecables uniformes y en la mitad de la cancha, uno o varios árbitros y en las tribunas, los adultos supervisando que todo transcurra de acuerdo con las reglas que ellos acordaron y en las cuales los jugadores, verdaderos protagonistas del espectáculo, no tuvieron la más mínima incidencia.


En los nuestros, sólo nosotros creábamos las reglas, las modificábamos, las discutíamos y no había más remedio que ante una diferencia, llegar a un acuerdo. No he conocido mayor escuela de democracia, convivencia, tolerancia y aceptación del otro que aquella.


Nunca intervenía un adulto: Las “cuatro, ocho y doce”, La “vuelta a Colombia con bolita de uñita”, ponerle en la cola una cuchilla de afeitar a la cometa para “cortar a la del vecino” y correr todos a “agarrar hilo”, el “trompo”, partidos de “chequita”, la “lucha olímpica” en rings improvisados, “la patineta”, el beisbol, el fútbol, y hasta en “la carrucha”, en todos éramos nosotros los protagonistas y los jueces.


En los esparcimientos colectivos como el beisbol y el fútbol, todo comenzaba desde la misma conformación de cada equipo. Los líderes, que siempre eran los de mayor edad, se encargaban de ir eligiendo a sus jugadores en forma alterna. Por supuesto, los mejores participantes eran los primeros en ser llamados. Un líder elegía un jugador y le pasaba el turno al otro. De esa manera se garantizaba que ningún equipo tuviera los mejores integrantes. Se equilibraba de aquella forma la conformación de cada grupo. La democracia en todo su esplendor.


De último para ser escogidos quedaban los peores jugadores, los que casi siempre, en el futbol, les tocaba ser porteros. En el beisbol de “bola aguá”(aguada), pitcher.


No había camisetas que distinguieran a cada equipo, y de igual forma que hoy se perteneciera a uno, terminado el partido ya mañana se podría corresponder al otro.


El ancho de cada portería se definía por pasos que marcaba un escogido, el que era acompañado por todos para garantizar que hiciera lo justo en ambos bandos. No había marcos, solo dos piedras o los maletines que contenían los útiles de la escuela. ¿Cómo acordábamos la altura exacta a la que debía pasar la bola cuando traspasaba el marco para que fuera gol? Aun hoy no he logrado descifrarlo, pero lo lográbamos.


Ahora me doy cuenta que la naturaleza nos dota desde niños para jugar e indagar por nuestra propia cuenta, sin intervención de los adultos. Si no hubiese encontrado la libertad que en la calle y el juego hallé junto a mis amigos, tal vez no habría muerto de hambre, pero hubiese muerto mi espíritu y atrofiado mi desarrollo social y mental.


Tanto en aquella época, como ahora, los adultos y muchos profesores pensaban que jugar era frívolo o trivial, y estaban – están- en lo cierto. Pero es que el juego es una actividad realizada por gusto y no para lograr objetivos serios del mundo real como dinero, elogios, cargos o aumentar el currículo. Jugábamos para desempeñarnos de la mejor manera posible pero no existía la preocupación por el fracaso o por el juicio de los otros. Nos esmerábamos por desarrollar habilidades, porque el buen desempeño es un objetivo intrínseco del jugar, pero sabíamos que si fracasábamos no habría las consecuencias serias que acarrea el fracaso en el mundo real.


En mi caso, lo que mejor se me dio fue el futbol. Y cada vez que me escogían para hacer parte de la selección del colegio, de la de la liga en la que participaba o en la preselección del departamento una nueva oportunidad de aprender para la vida se me abría. En todas esas situaciones me acostumbré a ir conociendo otros caracteres, acoplarme a nuevos comportamientos, presentarme para integrarme a otro grupo y comprender- por fin- que es mejor vivir la vida tratando de hacer muchos amigos, sin menospreciar a nadie ni creer en una superioridad por alguna habilidad personal que se nos da pasajera.


Por increíble que parezca, también allí aprendí a ser líder, a atreverme a emprender causas vistas al comienzo como imposibles, a aceptar que no siempre se puede tener todo controlado y en que, en todo caso, no es posible ganar siempre.


Por eso, hoy bendigo el tiempo “perdido” que pasé en la esquina con los amigos echando cuentos, soñando momentos utópicos con la muchacha que nos gustaba, jugando tres o cuatro partidos de futbol en la mitad de la calle, celebrar con júbilo cuando le ganábamos al equipo rival del barrio vecino ó cambiarnos después de un partido para irnos a bailar a la verbena que nos esperaba.


Bendigo al juego y a la esquina los amigos que me deparó y que hoy tengo regados por tantas partes del mundo.


Sin el juego, sin la esquina, esta vida, con todos sus tropiezos y aciertos, no hubiese sido lo mismo.


Guadalajara, Jalisco, marzo del 2019.