• Jorge Alfonso Sierra Quintero

¿Y de los neolectores y los analfabetas funcionales qué?

(Capitulo extraído del libro “Contra la Sacralización del libro: TODOS LOS LIBROS AL VIENTO”

de Jorge Alfonso Sierra)


Lo cierto es que en Latinoamérica, con testarudas y solitarias

excepciones, se está escribiendo, editando, haciendo libros o

imprimiendo para los mercados que ya señalamos pero no para los

neolectores ni para los analfabetas funcionales. Nadie está estudiando

cuales son los mecanismos de aprendizaje y de lectura que debemos

utilizar, no ya para los niños, cuyo mundo interior aún no está tan

influenciado, sino para un adulto que aprendió a leer y entender unas

claves de acceso a una edad en que su mundo interior ya está

enriquecido por una realidad circundante dura y golpeadora .

No tenemos conocimiento de alguna campaña de lectura concebida

para los neolectores o para los analfabetas funcionales, excepto la sutil

referencia que nos hace Álvaro Garzón en su obra “La Política

Nacional del Libro (Ed. Unesco):”La Promoción de la lectura se

ha traducido en la coordinación de un sistema nacional de bibliotecas,

campañas de lectura en el medio rural...(..)”.


Nadie se está preocupando por motivar a los analfabetas funcionales y

a los neolectores para la lectura, pero no con frases huecas e

impositivas como “métete un libro en la cabeza”, o “ léete un libro y

serás culto”, o “acércate al conocimiento, lee un libro”, sino con

ganancias reales que éste puede obtener o con motivaciones más

sugestivas.



Sin duda, las gradaciones de la lectura son una realidad pues “los

lectores de libros (...) amplían o concentran una función que nos es

común a todos. Leer letras en una página es sólo una de sus muchas

formas. El astrónomo que lee un mapa de estrellas que ya no existen; el

arquitecto japonés que lee el terreno en que se va a edificar una casa

con el fin de protegerla de fuerzas malignas; el zoólogo que lee las

huellas de los animales en el bosque; la jugadora de cartas que lee los

gestos de su compañero antes de arrojar sobre la mesa el naipe

victorioso; el bailarín que lee las anotaciones del coreógrafo y el público

que lee los movimientos del bailarín sobre el escenario; el tejedor que

lee el intrincado diseño de un alfombra que está fabricando; el

organista que lee simultáneamente en la páginas diferentes líneas de

música orquestada; el padre que lee el rostro del bebé buscando señales

de alegría, miedo o asombro; el adivino chino que lee las antiguas

marcas en el caparazón de una tortuga; el amante que de noche, bajo

las sábanas, lee a ciegas el cuerpo de la amada; el psiquiatra que ayuda

a los pacientes a leer sus propios sueños desconcertantes; el pescador

hawaiano que, hundiendo una mano en el agua, lee las corrientes

marinas; el granjero que lee en el cielo el tiempo atmosférico; todos

ellos comparten con los lectores de libros la habilidad de descifrar y

traducir signos. Algunos de esos actos de lectura están matizados por el

conocimiento de que otros seres humanos crearon con ese propósito la

cosa leída – anotaciones musicales o señales de tráfico, por ejemplo – o

que lo hicieron los dioses: el caparazón de la tortuga, el cielo nocturno.

Otros dependen del azar.” (Alberto Manguel. Op. Cit.)


“No es suficiente expresar que leer es necesario y hablar de sus

múltiples y positivos efectos, porque fácilmente podría caerse en un

discurso vacío y demagógico. Resulta necesario elaborar un plan en el

que la persona y el material escrito tengan un encuentro armonioso.”

(Programa de Promoción de Lectura. Costa Rica. Op. Cit.).


Sin duda, la configuración de nuestras sociedades latinoamericanas es

muy distinta de las europeas o la norteamericana en cuanto a la

distribución socio- cultural de su población, lo que conlleva el que

debamos hacer, al menos, una lectura distinta de nuestro tejido

cultural y educacional.


En Latinoamérica contamos con alta tasas de analfabetismo y

deserción escolar en todos los niveles educativos (primaria,

bachillerato y universidad), pobrísimas redes de bibliotecas públicas,

incipientes o nulas industrias editoriales, no poseemos tradiciones

investigativas ni siquiera en la educación superior, (lo que conlleva el

que exista una fuerte costumbre de recurrir a la conseja oral para la

consecución de la información ) y por supuesto sin el hábito de la

búsqueda o la utilización del libro, no solo como fuente de lectura sino

como prodigador de múltiples satisfacciones, informaciones y

conocimientos.


Por ello mismo, se hace claro que poca o ninguna incidencia tienen

dentro de la gran masa poblacional esas campañas genéricas de

motivación a la lectura, y sólo confirman la sospecha de que las mismas

se dirigen exclusivamente a satisfacer vanidades personales, o a los

estados financieros de los medios de comunicación masiva, o cuando

más, a incidir sobre minorías privilegiadas de la población de clase

media y alta.


Motivar o iniciar a la lectura requiere análisis muchos más detallados

de la urdimbre de nuestros tejidos sociales y sobre todo, requiere

programar y ejecutar acciones que pretendan y busquen modificar

percepciones, actitudes, aptitudes, hábitos y formas de acercarnos a los

libros.


Daniel Pennac en su deliciosa obra ya referenciada, “Como una

Novela”, nos inicia con una frase lapidaria: “El Verbo Leer no tolera el

imperativo. Es una aversión que comparte con algunos otros verbos:

“amar... soñar”....”

Pero por estos lares, estamos haciendo todo al contrario. La lectura, y

especialmente la literatura para el lector no avezado, es víctima de la

ridiculización, la banalización conceptual, el menosprecio. En alguna

oportunidad Mario Vargas Llosa planteaba el que habría que

preguntarse y analizar cuáles eran los mecanismos técnicos que

utilizaban escritores como los de la serie “Estefanía”, para lograr

amarrar tan efusivamente a un lector por naturaleza esquivo como un

guarda o un celador, para aplicar éstas técnicas en su literatura y de

esta manera incentivar el hábito lector. Que no era dable ridiculizar ni

menospreciar a esta llamada “subliteratura” sino al contrario,

destornillara, estudiarla, investigarla con respeto y celebrar el día que

se ganara su público para mejores causas.


“(...) Es necesaria la selección de textos y el diseño de experiencias que

faciliten el hecho de leer. Debe aclararse que no conceptualizamos la

“selección” como el hecho de dictaminar lo que debe leer cada sujeto,

con un carácter rígido y no dialógico. Se trata de crear un banco de

textos según el desarrollo psicológico, los intereses y las necesidades de

cada uno, para que el lector determine qué quiere leer. (Programa de

Promoción de la Lectura. Costa Rica. Op. Cit.)


La Historieta gráfica,( cómic, tebeo, fumetto o bande dessinée)

poderoso mecanismo para incentivar la lectura en el niño, el neolector

y el analfabeta funcional, goza en nuestro medio de poquísimo respeto

y menor consideración.


Olvidamos, por ejemplo, que “la aparición de Los Supermachos y Los

Agachados de Rius, constituyó una auténtica revolución en la historia

de la lectura en México. Desarrollados con base en una peculiar

combinación de historieta satírica de personajes y cómic didáctico, Los

Supermachos y Los Agachados de Rius demostraron que el lenguaje de

los llamados “monitos” eran perfectamente compatibles con una crítica

política no panfletaria y con la exposición antisolemne de contenidos

educativos; pero, sobre todo, revelaron la existencia de un público

dispuesto a recibir un tipo de lectura por medio de un cómic adulto,

que apelaba a su inteligencia y lo hacía reflexionar” (Miguel Rojas

Mix. Volumen 207. Casa de las Américas. Cuba).


Se sabe, incluso, que “el cómic ha penetrado el imaginario social no

sólo de Occidente sino de todo el planeta. Apoyándose el uno en el otro,

el cómic y el cine, nacidos casi a la par y estrechamente asociados,

constituyen las dos grandes formas del arte popular del siglo XX”

(Miguel Rojas Mix. Op. Cit.)


Pero incluso, desde los albores de la historia del libro, tenemos

referencias de la poderosa influencia que ejerció en la incentivación del

hábito lector, el combinar eficientemente la imagen y el texto.

“En efecto, es en este siglo (1.530-1.600) ampliamente troceado, en el

que el analfabetismo sigue siendo muy alto, incluso en las ciudades

que, sin embargo van muy por delante de los campos circundantes y

donde la propiedad individual del libro sigue siendo privilegio

exclusivo de las elites, cuando se constituye un mercado “popular” del

impreso. Fue preparado, sin duda, por la circulación de todo un

material que, desde los librillos xilográficos, reúne imagen y texto,

familiarizando así el escrito a quienes no saben leerlo”.(Roger

Chartier. Libros, lecturas y lectores en la edad media. Ed.

Alianza Universidad.)


Sabemos también que “la literatura y el arte contemporáneo han tenido

una estrecha y fructífera relación desde hace mucho tiempo con el

cómic y se nota cada vez más una mayor intensidad. Conocemos a

guionistas que son grandes escritores. (Dashiel Hammett se unió a

Alex Raymond para crear el Agente Secreto X-9),o grandes

autores que han sido trasladados al cómic. Stephen King, de los

Estados Unidos, se apoya sólidamente en la cultura popular y escribe

fondos de Rock y cita, junto a Little Richard, a la pequeña

Lulú.”(Miguel Rojas Mix. Op. Cit.)


Los ejemplos más relevantes de la literatura latinoamericana, en los

que consagrados escritores recogen desde el lenguaje onomatopéyico

del cómic hasta la mezcla del texto literario con los dibujos, los

tenemos en Vargas Llosa y Julio Cortázar.


En efecto, “Vargas Llosa utiliza la técnica de la onomatopeya en “Los

cachorros” para aludir al mundo infantil y Cortázar publicó en 1.975, en

unión con el dibujante Sabat “Fantomas contra los vampiros

multinacionales”, donde mezcla el texto literario con el cómic y

personajes reales como el propio Cortázar, Octavio Paz o Susan Sontag

se unen con Fantomas”.


“En muchas historietas se ha introducido el escritor como personaje,

como por ejemplo, Hugo Pratt que involucró varias veces a Saint-

Exupéry, Artaud, Herman Hesse, Baudelaire o Borges, o Muñoz y

Sampayo que introducen a Cortázar en “Sudor Sudaca”. (Miguel

Rojas Mix. Op. Cit.)


Y ni qué hablar de lo que significa el cómic para el Pop-Art, que surge a

comienzos de los 60.¿Cómo entender sin él a Roy Liechtenstein, a Andy

Warhol o al politizado Equipo Crónica de España?.


Y ¿cómo no entender la poderosa influencia que ejerció, y sigue

ejerciendo en la cultura europea desde 1.928 cuando hizo su aparición,

la tira cómica “Tintín” del belga George Rémi (Hergé), sin olvidar que

la misma ha sido traducida a 29 idiomas, se distribuye en más de 120

países y solamente en París, Londres, Nueva York y Bruselas existen

cuatro tiendas especializadas que ofrecen toda clase de objetos para

coleccionistas empedernidos, fanáticos de este personaje de ficción?

¿Y qué de Condorito, ese simpático pajarraco de René Ríos que nos

llegó de Chile y que alcanzó la astronómica cifra de 80 millones de

ejemplares vendidos por semana en Latinoamérica?


En Japón, “el número de libros y revistas de cómics vendidas ha ido

creciendo por años, llegando a 2.250 millones en 1.993. Mientras que la

impresión de libros normales ha disminuido de forma constante

durante los últimos 5 años, el mercado de los libros de cómics continúa

en expansión. El número de libros de cómics publicado en 1.993

aumentó un 9.7% con relación a 1.992, mientras que el valor de las

ventas ascendió un 10%. Los cómics representan ahora el 36% del

mercado total de lecturas. Esto explica la razón por la que algunas

casas editoriales que nunca tuvieron nada que ver con las revistas de

cómics en el pasado han irrumpido en el mercado este año.” (Japan

pictorial. Japón gráfico. Revista trimestral. Vol. 18, No. 1,

1995).


Pero en muchos países de la misma Latinoamérica parecemos

desconocer estas formas alternativas de incentivar el hábito lector,

existiendo incluso el caso doloroso de que mientras Francia celebra

anualmente su “Festival de la Historieta Gráfica” en Angulema, en

donde se muestra y debate lo que el mundo desarrollado hace y

aprovecha esta herramienta pedagógica tanto para niños como para

adultos, en Colombia la Ley 98 de 1.993 “por medio de la cual se dictan

normas sobre democratización y fomento del libro colombiano” asimiló

a esta historieta y las tiras cómicas con las fotonovelas, los juegos de

azar y la pornografía, habiéndola excluido de los beneficios tributarios

de incentivo a la industria editorial.


“Para promover la lectura en nuestros países, no basta con concebir

campañas motivacionales para los medios de comunicación social; es

necesario, además, programar y ejecutar acciones destinadas a

modificar actitudes, percepciones y formas establecidas de

funcionamiento institucional.” (Álvaro Agudo. La Promoción de

la lectura como animación cultural. Op. Cit.)


Todo esto deviene también en agrios lamentos de los involucrados en el

mundo del libro con la falsa concepción de que las masas no leen, o que

se han alejado inmisericordemente de la lectura por causas atribuibles

a ellos mismos, o se empiezan a buscar con desenfreno culpables

ajenos que expíen nuestras culpas y nos releven de la responsabilidad

de que como agentes culturales, mucho tenemos que ver con que las

mayorías se muestren hoy apáticas ante la sola insinuación de la

palabra libro.


Y hemos empezado a encontrar los chivos expiatorios precisos y por

doquier: La televisión, con una bandera negra de culpabilidad

inconmensurable, la absurda época de lo visual que en desgracia nos

tocó vivir, la inversión de valores de la juventud actual, la falta de una

educación centrada en los conceptos de antaño, los ministerios de

educación que no tienen rutas definidas como los de antes, los

maestros y profesores que ya no inculcan la ética y las buenas

costumbres, el mercadeo y todas sus nefastas variables como la

publicidad y la promoción que atiborran e idiotizan a los seres

humanos - sobre todo a los jóvenes - con productos y propagandas

basuras....


“Y si el proceso no es contra la televisión o el consumo en cualquier

instancia, será contra la invasión electrónica; y si la culpa no es de los

pequeños juegos hipnóticos, será de la escuela: las enseñanzas

aberrantes de la lectura, el anacronismo de los programas, la

incompetencia de los docentes, la vetustez de los locales, la carencia de

bibliotecas. ¿Qué más entonces? Ah sí, el presupuesto del Ministerio

de Cultura...!una miseria! Y la parte infinitesimal reservada al “Libro”

en esta bolsa microscópica.


¿Cómo quiere usted en estas condiciones que mi hijo, que mi hija, que

nuestros muchachos, que la juventud, lean?”. (Daniel Pennac. Op.

Cit.)


Por supuesto, decir hoy bajo una tribuna de y para intelectuales que la

gente no lee, o que es superflua en sus criterios porque no accede

suficientemente a Kundera, es mostrar una liviandad conceptual y una

irresponsabilidad cultural sino de conmiseración al menos de un serio

cuestionamiento.


En cambio Cuba, único país latinoamericano que puede mostrar

índices de cero analfabetismo entre su población, parece estar

paradójicamente sola en su preocupación por los neolectores, al menos

desde sus instancias directivas.


”(...) En Cuba, por ejemplo, no contamos con índices científicamente

verificables de lectura; el problema sería con el nuevo lector, al que

habría que ofrecerle facilidades para su formación...”. (Omar

González. Presidente. Inst. Cubano del Libro. Rev. del libro

cubano. Año II. Suplemento especial.1.998.).


El diseño y la tipografía de los libros que actualmente se editan, en lo

que a adultos se refiere, van dirigidos, como ya dijimos, a un lector

avezado o al menos familiarizado con la lectura. Compuestas

normalmente en letra pequeña de 6, 8,10 o máximo 12 puntos, son

rechazadas, de súbito, por un neolector o un analfabeta funcional.

“Una buena página debe atender a la presentación y, ante todo, facilitar

la lectura. Bien dice Stanley Morison que el primer objeto de la

tipografía no es la decoración sino la utilidad, y agrega que un buen

impresor sabe que nunca debe distraer al lector, “ni siquiera con

belleza”.(Roberto Zavala Ruiz. El Libro y sus orillas. Biblioteca

del Editor. Edit. Universidad Nacional Autónoma de México.)


“El tamaño de las letras es también un factor de expectativas, casi una

reivindicación de los lectores esforzados y de los no - lectores. No les

importa tanto el volumen de los libros, sino la dificultad que representa

la lectura de letras pequeñas. Eso dificulta aún más la fluidez de la

lectura, que ya les parece un gran problema.”(Investigación sobre

lectores. Laura Sandroni. Lectura y Medios de Comunicación

de masas. Co-edición Latinoamericana de Libros para la

Promoción de la Lectura. Ed. Cerlalc y otros.)


El lamentado editor uruguayo Julián Murguía, concibió, cuando era

Director del Instituto Nacional del Libro de la República del Uruguay,

una colección que si bien no buscaba como prioridad a los neolectores y

a los analfabetas funcionales, sino a los adultos lectores que ya no

disfrutaran de una clara visión, al menos sí podríamos extrapolar sus

intenciones hacia aquellos, los mencionados neolectores y los

analfabetas funcionales. Se trató de la bella “Colección Brazo Corto” en

cuya contracarátula leemos: “LOS LIBROS CON LETRAS GRANDES:

Esta colección está especialmente destinada a aquellas personas que

tienen dificultad para leer los cuerpos más pequeños con que

habitualmente se imprimen los libros.


Compuesta en Cuerpo 16, facilita y aumenta el placer de la lectura”.

En ésta colección encontramos desde “Cuentos” de autores clásicos

como Horacio Quiroga hasta la apetecida obra “Montevideanos” de

Mario Benedetti.


Siendo producida desde instancias públicas, no sabemos que pudo

haber pasado con éste magno esfuerzo.